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Recuerdos del 21 de octubre de 1956

Lucía Cristina Montes de Gálvez

Recuerdos del 21 de octubre de 1956

por Lucía Cristina Montes de Gálvez


Desempeñaba la Jefatura de Estado don Julio Lozano Díaz; el ambiente estaba intranquilo, la insurrección y el desorden aumentaban día a día. El pueblo temía que algo sucediera, pero sin saber cuándo ni de dónde vendría. Era como una nube negra que pesaba sobre nosotros y que, tarde o temprano, tendría que caer. Los militares estaban conscientes del ambiente convulsionado y de los rumores de golpe de estado que circulaban. Las Fuerzas Armadas deciden asumir una histórica posición: deponer al Jefe de Estado, "de facto", Lozano Díaz. 


Conscientes de la tremenda repercusión que tal medida produciría, deciden hacerlo conjuntamente con algunos civiles que, sin haberse puesto de acuerdo entre ellos, también temían un desenlace sangriento. El coronel Héctor Caraccioli, en su calidad de enviado de la Fuerza Aérea, se entrevistó con el mayor e ingeniero Roberto Gálvez Barnes, mi esposo, que desempeñaba entonces la cartera de Fomento: Obras Públicas y Transporte. El coronel Caraccioli le expuso la inquietud del ejército a Roberto. Mi esposo, sabiendo que él gozaba del cariño y confianza de don Julio y conociendo la amistad que existía entre él y su padre, les pidió una tregua: que lo dejaran hablar con don Julio y por medio del diálogo encontrar una salida menos violenta. Buscó varias oportunidades para hablarle, pero siempre fue interceptado por miembros del grupo o "argolla" que rodeaba al mandatario.


Fue así como poco a poco se formó un núcleo de civiles, muy jóvenes, dispuestos a embarcarse en semejante aventura junto con los militares. Los tres que desde el principio tomaron la responsabilidad con arrojo y valentía, no ignorando las consecuencias que se derivarían de un golpe fallido, fueron: Nick Agurcia Edwin, Jorge Bueso Arias y mi esposo,

Roberto. Las pláticas con miembros de la Fuerza Aérea, primero, y luego con miembros de los otros cuerpos armados se real izaron en el Barrio Viera en la casa de Nicolás Agurcia, llamado cariñosamente Nick y que permanecía en cama por tener una vértebra dislocada.


Cuando recuerdo esa etapa en nuestras vidas, no puedo dejar de pensar con qué valor y decisión estábamos todos en aquello. Digo “estábamos", en plural porque las esposas sabíamos lo que estaba pasando y no ignorábamos el riesgo que nuestros esposos corrían. ¿Era valentía o irresponsabilidad de juventud? Creo que mucho de las dos cosas, pero sobre

todo, amor a Honduras.


Pero tenía que haber "algo" que nos empujara a actuar casi con intrepidez. Éramos matrimonios jóvenes, con nuestros hijos pequeños, sin un porvenir económico asegurado, si nos faltaban nuestros maridos ... , pero estábamos todos tan seguros, tan resueltos en nuestro propósito que ya no había nada que nos detuviera. Ese 11 algo", esa fuerza que nos impulsaba, fue creciendo dentro de nosotros hasta que llegó a ser un deber, una obligación ineludible.


Trataré de hacer memoria dónde y cómo fue tomando cuerpo nuestro empeño. Empezaré por recordar a nuestro gran amigo Nick Agurcia, recientemente fallecido. Teníamos por costumbre alquilar películas viejas, por seis lempiras cada una, que veíamos juntos unos cuantos amigos en casa de Nick. Una noche llegamos y el saludo de Nick para Roberto fue: "Alphie (apodo

cariñoso que le daba), al país se lo esta llevando el diablo". Este fue el principio de pláticas con un amigo que pensaba como nosotros. Luego nos dimos cuenta que además de nosotros, muchos de los que supuestamente éramos 11niños bien" o ''hijos de papá", como posiblemente se nos llamaba entonces, teníamos la misma preocupación: las elecciones espurias que habían sido practicadas en el país, amenazas de levantamientos armados, etcétera.


Recuerdo que hubo un incidente que fue un aldabonazo para nuestras conciencias. Un grupo de jóvenes matrimonios andábamos de paseo en Islas de la Bahía, creo que todos teníamos entre 25 y 35 años y nos acompañaban algunos diplomáticos. Naturalmente, el tema de conversación obligado era la mala situación de Honduras. Se me ocurrió preguntarle a un Embajador: “y si tan mal estamos ¿qué piensan hacer ustedes?" Fue hasta cierto punto una pregunta tonta, indicadora de nuestra dependencia, pero la contestación valió la pena. "¿Que qué pensamos hacer nosotros? ¡Somos nosotros los que esperamos saber qué piensan hacer ustedes por su país!" Luego nos cayó todo un sermón: "¿es que acaso Honduras no tiene jóvenes pensantes? ¿Es que acaso tienen miedo? Yo les invito a ustedes a recapacitar y a pensar, y luego a actuar". Nos dijo muchas cosas más, al final nos sentimos avergonzados; pero desde ese día algo cambió en nosotros. No todos reaccionamos de la misma forma, pero de allí sí salimos dos matrimonios comprendidos en la lucha: Nick y su esposa, Marie, y Roberto Gálvez y yo. Para mi esposo la situación era difícil, él era Ministro de Fomento, su padre era Magistrado de la Corte Suprema y gran amigo de don Julio. Pero para Roberto, Honduras fue siempre primero y yo lo secundé siempre en sus ideales. 


Éramos parte de un grupo subversivo y todos éramos novatos, tal vez copiando lo que se ve en las películas, todos los hombres tenían su sobrenombres, por teléfono nunca se decía Caraccioli, Nick, Jorge o Roberto. Se evitaba a toda costa que se les vieran juntos a civiles y militares. Un día que Caraccioli tenía que reunirse con ellos en la Colonia Viera de Tegucigalpa, se le pidió que fuera disfrazado y en carro no oficial. El disfraz era tan poco convincente (de taxista) que al verlo desde lejos

una amiga dijo: "Ahí-va Cacha”.


Los militares trabajaban en su departamento y los civiles por su parte estudiaban lo que se haría, gestionaban de antemano reconocimientos, etcétera. Se sabía que al reconocer al nuevo régimen los países centroamericanos, otros reconocimientos llegarían a corto plazo.


Ya casi llegábamos al final de un comienzo. Recuerdo que un día nos reunimos en nuestra casa (ocupábamos con Roberto un modesto apartamento en los altos de lo que era La Urbana, donde hoy está el Banco Atlántida, Calle Peatonal); fue allí donde Daría Montes hijo, y otros distinguidos jóvenes abogados escribieron el borrador de lo que sería "La Proclama de la Junta Militar", documento corto, valioso, no por su lenguaje sino por su profundo y contundente mensaje, lleno de patriotismo.


Todos los que le estábamos dando principio a un movimiento, que cambió la vida de Honduras, éramos jóvenes. Mientras los personajes mayores se lamentaban, nosotros tiramos todo por la borda y les enseñamos que el derecho a protestar no se le puede quitar nunca a un pueblo. ¿Nació una nueva generación ese día? En el caso de Robert9, fue como un bautizo, marcándolo para actuar siempre con rectitud y valentía y respetar sus principios sin importarle cuáles fueran las consecuencias, como relataré después cuando se vio obligado a renunciar de la Junta. ¿Por qué? Porque se había mancillado uno de los principios que iban inscritos en la "Proclama", que él muy orgullosamente llamaba "nuestra biblia”. 


Se procedió también a la formación de la Junta que estaría integrada por el general Roque J. Rodríguez, el coronel Héctor Caraccioli y el Jefe de la Zona Militar de San Pedro Sula, coronel Raúl Flores Gómez (¿por qué Roberto quedó al final de Triunviro?, lo relataré después). Se formó,

además, el Gabinete, que estaría integrado por personas de los dos partidos políticos. La Corte Suprema de Justicia sería conformada atendiendo las sugerencias que hiciera el Colegio de Abogados.


Se nombraron diferentes comisiones que se tomarían el telégrafo, la policía, las radioemisoras. Todo tenía que ir perfectamente coordinado, con el tecnicismo y disciplina militar. Teníamos un verdadero equipo de trabajo.

Fue así como después de muchos desvelos de los grupos de civiles y de militares se decidió que el golpe sería en las primeras horas del 21 de octubre de 1956.


El día 20, sábado, Roberto estaba preocupado, pues la noche anterior! los militares mayores que conocían al doctor Gálvez le había dicho: "Cuando se percate tu papá de lo que sucederá el 21, tratará de detener el Golpe, y nosotros le tenemos gran respeto a él, inclusive algunos cuerpos (militares) pueden echarse atrás. Entonces, de ti depende”. Recuerdo que Roberto los abandonó un momento y llegó donde yo estaba,y con un gesto que era muy de él, se cogió la cabeza entre las manos y juntó los codos. Al regresar les dijo: "Tenemos que seguir adelante".


Por suerte, luego supimos que el papá de Roberto se iría ese sábado a pasar el fin de semana a la finca de su entrañable amigo, don Arsecio Echeverry; fue un gran alivio para Roberto. Aparentemente todo iba bien. Por la tarde recibió una llamada, un grupo empezaba a boicotear el complot ante ofrecimientos del régimen imperante; por lo tanto, había peligro y el Golpe de Estado se suspendió. Jorge y Roberto decidieron trasladarse a la Fuerza Aérea para averiguar qué estaba sucediendo. Merci, esposa de Jorge, y yo nos quedamos esperando que regresaran, si es que regresaban. Cuando salían, Jorge se detuvo en la puerta y. nos dijo: “Si don Julio ya sabe de esto, que es probable que así sea, a nosotros nos puede pasar cualquier cosa". Corrí a sacar una vieja ametralladora que había visto en un rincón, la metí en una caja de vestidos de la tienda Sandra Post y se la di, por si tenían que defenderse. Creo que fue la primera vez que nos empezaban a fallar las fuerzas, recuerdo que le dije a Merci: "¡Ay Merci !, en qué nos hemos metido". Días después Roberto, riéndose, me confesó que la tal ametralladora no servía, pero que la habían llevado para tranquilidad nuestra. Nos dejaron un viejo equipo de radio para comunicarnos con ellos en la Fuerza Aérea. La seña era: "Zebra llama a Tigre". Nuestro miedo era tal que llamábamos cada media hora, sin obtener respuesta; aquel "Zebra llama a Tigre" llegó a ser para nosotras un llamado angustioso. Merci estaba segura de que yo no sabía manejar el transmisor y me lo decía; ¡cuántos pensamientos se nos cruzaron en esas horas de angustia! Como a media noche, entró el “Tigre llama a Zebra" y la ansiada respuesta, en clave naturalmente, "El golpe va".

Cuando nos enseñaban historia en la escuela, siempre nos decían que el. 15 de septiembre de 1821 había sido un bello día, "pleno de luz"; así fue el día 21 de octubre de 1956 en Tegucigalpa. Muy temprano, creo que antes de las siete de la mañana, mientras yo estaba oyendo la misa del domingo, los aviones empezaron a sobrevolar Tegucigalpa. Este era el momento señalado para que los cuerpos armados de tierra iniciaran la marcha pacífica hacia la ciudad.


Como señalé, antes se habían enviado destacamentos a telégrafos y teléfonos y a las radiodifusoras, a las que amigablemente se les había pedido su cooperación. Suspendieron los programas radiales regulares para evitar la especulación, pues podría sembrarse el nerviosismo entre el pueblo, y sólo se oyó música por algunas horas. Al finalizar la mañana se empezó a leer por las emisoras la "Proclama". El pueblo hondureño empezaba a enterarse de lo que el mismo llamó "La gloriosa gesta de las Fuerzas Armadas”.


Jorge, Roberto y Armando San Martín se había dirigido, desde temprano a la Escuela Básica, llamado antiguamente Cuartel de Veteranos y, poco después, comenzaron a llamar a personas importantes para informarles de los sucedido y pedir su colaboración y asesoramiento. Algunos fueron conducidos en carros del ejército y, naturalmente, no sabían si querían ponerlos presos o qué, muchos llegaban con gran temor. En la Escuela Básica, se esperaba la llegada del coronel Flores Gómez, pero, para sorpresa de todos, no llegó en el avión que desde temprano se había enviado a San Pedro Sula para traerlo a Tegucigalpa. En su lugar mandó este estremecedor mensaje: "Aquí estoy con el doctor Gálvez y, mientras el ex presidente no lo ordene, yo retengo la costa norte”.


¿Que había fallado? Dos días antes, el coronel Caraccioli había si.do comisionado para que sobrevolar a San Pedro Sula y Flores Gómez, despegando de San Pedro Sula en otro avión, recibiría por radio todas las decisiones e instrucciones respecto al Golpe de Estado. Hubo un mal entendido, de ahí que a Flores Gómez le tomó desprevenido el madrugón del 21 y decidió irse donde Gálvez, que estaba con Echeverry. Sucedió lo que se temía, Gálvez le era fiel a don Julio.


Este hecho desmiente la muy difundida creencia de que el doctor Juan Manuel Gálvez era el gestor del golpe y que Roberto sólo era su instrumento para seguir gobernando. Los que creen esto, no conocían ni al padre ni al hijo. Al faltar Flores Gómez, Roberto integró el Triunvirato.


Ante la posición de Gálvez, entre padre e hijo ocurrió, por radio, un acalorado y doloroso intercambio de palabras. El doctor Gálvez desde San Pedro Sula y Roberto desde la Básica. "En mi familia -replicó el padre al hijo- no ha habido madera de traidores. Aquí tengo la costa norte, la tengo retenida, a mis órdenes, no la suelto hasta que se me dé una explicación y se me anuncie el gabinete". Estas fueron algunas de las frases que se entrecruzaron. Aquel hombre suave y comprensivo con su hijo, que era uno de sus orgullos, se volvió duro, acusador y sin clemencia. Tal era la amistad que existía entre don Julio y el doctor Gálvez.No eran compadres como se ha dicho, pero los unían lazos muy fuertes: don Julio había sido su vicepresidente, respetado y admirado. Fue entonces cuando Roberto, con voz entrecortada, le pidió que lo escuchara antes de juzgarlo tan duramente. Le explicó por qué había sido un deber para él ser parte del Golpe de Estado; eran los únicos que podían garantizar un cambio de régimen sin derramamiento de sangre; si ellos no provocaban ese cambio, otros grupos partidistas lo harían. Ellos se comprometían a garantizar la seguridad personal de don Julio.


Entre padre e hijo se inició una tregua. Hasta días después, cuando empezó a verse el espíritu con que la Junta gobernaría, se restablecieron las excelentes relaciones que entre ellos siempre habían existido. Meses después, el doctor Gálvez no ocultaba su orgullo de padre y, por mi medio, le enviaba observaciones necesarias a Roberto. Cuando le decían que Francisco Morazán se había reencarnado en esos jóvenes patriotas, se reía: tal vez pensaba que también los jóvenes pueden tener un lugar en la historia, y que su hijo, Roberto, junto a él ya lo tenía.


El júbilo en las calles era desbordante, estaban llenas de gente celebrando la subida al poder del Triunvirato y a los soldados los vitoreaban, lanzándoles hojas de laurel a su paso.

La tarea que se había impuesto la Junta era ardua, de inmediato comenzaron a trabajar. Entre los logros de la Junta merecen destacarse: el pronto restablecimiento del orden; la creación del departamento de Gracias a Dios (por sugerencia de Roberto, la línea divisoria entre los departamentos limítrofes fue el meridiano); la creación del Instituto Nacional de la Vivienda, la autonomía universitaria, la supresión de la pena de muerte y la realización de las elecciones más limpias que ha tenido Honduras, eligiendo los integrantes a la nueva Asamblea Nacional Constituyente. El haber llevado a cabo la segunda votación para elegir al nuevo Presidente, habría sido para Roberto la coronación de todas las ambiciones que abrigó como triunviro.


Como todo gobierno, la Junta también tuvo sus momentos de crisis: el grupo que desde el principio quiso boicotear el golpe estaba inquieto, trabajaban para tener supremacía y llegar a ser "el poder detrás del trono”. Sabían que con el proceder ortodoxo de Gálvez Barnes no lo conseguirían y empezaron el movimiento para sustituirlo en la Junta. Una noche que llegamos tarde a nuestra casa nos encontramos con que nuestro vecindario estaba militarizado, era el comienzo del plan: vigilar a Roberto.


Ya había llegado el momento en que las fuerzas del poder estaban totalmente polarizadas: el grupo de Oswaldo López Arellano (Ministro de Defensa), Abraham Riera Hotta, Esteban Mendoza, Ricardo Zúniga Augustinus y otros. Eran fuertes, tenían buenos asesores y les apoyaban una parte del ejército. Roberto contaba con el apoyo irrestricto de los civiles y de muchos militares de gran valía.


No sé con seguridad quien inventó que "quitar a Roberto de la Junta sería visto con buenos ojos por su padre, Juan Manuel Gálvez". Sabían que donde no pegarían el los, si pegaría el nombre del padre de Roberto porque seguía siendo la figura más respetada en el ejército. El ingeniero Benjamín Membreño se enteró de lo que estaba pasando y decidió entrevistarse con el doctor Gálvez. "Se trata de su hijo, doctor, tiene que actuar y pronto", le señaló Membreño. Gálvez invitó a su casa a la alta oficialidad, todos llegaron y, nos contaba Mincho, el gran amigo de la familia Gálvez, que nunca había visto al doctor tan alterado, que defendió enérgicamente a su hijo, desmintiendo que Roberto no contaba con el apoyo de su padre.

Por la noche se presentó en nuestra casa la oficialidad en pleno para comunicarle las dos misiones: reiterarle su lealtad y proponerle que esa misma noche se expulsaran del país en un avión a los civiles y militares que estaban sembrando la discordia en el ejército y la intranquilidad en el pueblo. El avión estaba listo, Roberto les replicó así a su segunda oferta: "no, yo les agradezco, pero no puedo echarme varios exilios a mi conciencia". Esta forma de actuar de Roberto hizo que todavía se agigantara más a mis ojos, pues él llevaba a flor de piel su grandeza de espíritu.


No puedo dejar de pensar que lo que no logró una parte de la oficialidad, lo lograron los civiles. Indirectamente éstos provocaron que saliera Roberto de la Junta, el civil-militar inteligente que había vislumbrado los males que le acarrearía al país la unión Villeda-López. Mi esposo, honrado y digno, nunca se prestó a pactos y componendas que perjudicarían a su primer amor: su patria querida a la que nunca traicionó.

Este no fue un Golpe de Estado corriente, fue "una gesta gloriosa" como el mismo pueblo lo bautizó, y los que lo ejecutaron eran héroes para este pueblo, ¿por qué distorsionar este sentimiento del pueblo hacia sus soldados?


Don Mela Bueso, padre de Jorge, visitó a Darío Montes, mi padre, que se desempeñaba como Presidente de la Corte Suprema de Justicia para discutir y aconsejarse del temor que tenían. Estas dos personas, Jorge y Roberto, llenos de ideales, ¿habrían ayudado a despertar a un gigante? La preocupación por lo que ocurriría después1 así como sus consecuencias, atormentaba a Roberto; de ahí su decepción, mi gran Quijote, al tener la certeza del pacto Villeda Morales-López Arellano.

A Villeda lo eligió la Asamblea Nacional Constituyente sin ir a elecciones, las Fuerzas Armadas conseguían su autonomía y Oswaldo López Arellano asumía su jefatura. Roberto creyó siempre que la autonomía no era saludable para las Fuerzas Armadas y el tiempo se ha encargado de confirmarlo. Él hubiera deseado que el ejército regresara a sus cuarteles, cubierto de gloria, con el agradecimiento eterno de todo un pueblo que nunca olvidaría que sus soldados les habían devuelto la libertad cuando estaba amenazada. Roberto1 con orgullo y respeto1 vestía su uniforme; cuando se hizo el pacto, no le quedó otra salida que retirarse del ejército, pasar a la vida civil y renunciar a la Junta, que tantos desvelos le había causado.


Con el paso del tiempo muchas personas inculparon a Roberto de no haber denunciado estos hechos en el momento en que estaban sucediendo. ¿Qué se habría ganado? Sencillamente nada, ¿quién querría regresar el plato de lentejas cuando ya se tiene en la mano? Esta era la. posición del Partido Liberal Villedista.


Que conste: sí habló Roberto con el doctor Ramón Villeda Morales y le rogó que le dejara ponerle la banda presidencial después de haber pasado por elecciones primarias: volver a darlas no era nada difícil, la maquinaria ya estaba montada, era cuestión de dos meses más. Los resultados no podrían cambiar y Villeda Morales asumiría el poder como Presidente Constitucional electo por el voto directo.


Imposible que pudieran quitarle su puesto, era indudablemente el ciudadano que contaba con todo el apoyo popular. ¿Por qué no cumplir con un último requisito y hacerlo "Presidente Constitucional" electo por votación directa? Pero ya el doctor Villeda Morales estaba comprometido con su partido, que posiblemente lo presionaba para que asumiera, sin más dilatorias1 el poder. Por la mañana temprano Roberto envió por escrito su renuncia a la Asamblea Constituyente, pero no fue leída en la sesión de ese día. 


Esa misma noche, Villeda Morales se entrevistó con Roberto: después del saludo de rigor, se llevó a cabo el siguiente diálogo: "Bobby -siempre lo llamó así- he venido a pedirle que retire su renuncia, no quiero ofrecerle tal o cual cosa1 sólo díganos qué quiere y se lo daremos si retira su renuncia. ¿Quiere ser nuestro Embajador en Washington? ¿Quiere formar parte de mi gabinete?" Roberto le contestó: "doctor, no le pido nada a cambio, sólo dígame que renuncia a su pacto con López Arellano y me sentiré orgulloso de ponerle la banda presidencial: quiero advertirle que los mismos que hoy lo están subiendo al poder, mañana lo botarán; yo los conozco muy bien". Villeda le replicó: ''Bobby, esos son problemas

que se arreglan alrededor de una taza de café; le pido de nuevo que retire su renuncia". "Doctor, hacer eso sería ir contra mis convicciones”,contestó Roberto. La respuesta de Villeda Morales fue: "a veces en política hay que actuar contra sus convicciones”. Roberto, un tanto desesperanzado, le replicó: "Tal vez por eso nunca llegue yo a ser político, no podría actuar contra mis convicciones". Y añadió: “doctor, si nosotros hemos creado un monstruo, por favor, no le dé usted la partida de nacimiento’. El silencio del doctor y ese “a veces en política hay que actuar contra sus convicciones" hizo comprender a Roberto que ya todo estaba perdido; no se daría marcha atrás y Roberto le rogó a Villeda Morales que, al día siguiente1 le diera lectura a su renuncia en la Constituyente y, como caballeros que fueron los dos, se despidieron amigablemente. 


Lo que para nosotros vino después es ya historia. Muchos de los compañeros de odisea pasaron a ocupar puestos importantes en el nuevo régimen. Nick Agurcia y Jorge Bueso Arias siguieron siendo buenos amigos nuestros, nada cambió. Roberto nos llevó, a nuestros hijos y a mí, a Estados Unidos de América en donde él consiguió un trabajo en su profesión. Allá vivimos diez sencillos, pero felices años. Quedan todavía en mi mente tantos recuerdos que algún día escribiré. Tal vez mis nietecitas lo lean y sepan apreciar al hombre que fue su abuelo Roberto, que, como civil y militar, dejó una huella de honradez, dignidad y valentía, pudiendo revivir esa extraordinaria y gloriosa hazaña del 21 de octubre de 1956, que nosotros vivimos. 


Años después, nos encontrábamos con el ex-presidente Ramón Villeda Morales en una fiesta del Club Rotario; entró en plática con Roberto y Villeda Morales, tal vez recordando la advertencia que Roberto le había hecho años atrás, le dijo: "Bobby, en ese entonces yo no conocía suficientemente el medio". Roberto le contestó: "Sí, doctor, para su desgracia usted confió más en la palabra de Oswaldo López Arellano que en la mía”.


II


Varios amigos, entre ellos Ramón Oquelí y Oscar Acosta, me decían desde hace algún tiempo que escribiera mis recuerdos del Golpe de Estado del 21 de octubre de 1956, historia de la que fui testigo. Siempre me había negado a ello hasta que una noche, en casa de Juan Alberto Lara Bueso, volvimos a tocar el tema y, al calor de una agradable velada con amigos, le dije a Oscar: "Sí, escribiré algo". Muy tímidamente empecé a hacerlo y con el estímulo de Filadelfo Suazo y Miguel Ángel Ruiz Matute, a quienes les leí los primeros párrafos de esa narración, seguí adelante. 


Después de escribir la primera parte de estas vivencias, me dijo Oscar Acosta que siguiera con una segunda parte. Muy segura le respondí que, aunque sobre Roberto, mi esposo, podría decir mucho, no creía poder hacerlo. Sólo me contestó: "Siga escribiendo, ya verá que una vez que se empieza es fácil continuar". 


Fue una sorpresa agradable encontrar en la sección de "Opinión" del diario "El Heraldo" de Tegucigalpa correspondiente al domingo 17 de noviembre de 1996 un artículo titulado "Roberto Gálvez y el 21 de octubre", escrito por Aníbal Delgado Fiallos. Conociendo el calibre intelectual y moral de su autor lo leí rápidamente ya que estaba ansiosa por saber lo que decía de Roberto. Luego, despacio lo releí dos y hasta tres veces para empaparme, tal fue la emoción que me causó. Profundamente conmovida -lloro con facilidad- pensé: "Sí, Roberto, todo esto te lo mereces, en tu nombre escribiré una carta aAníbal Delgado Fiallos". Releyendo el artículo hoy, cuando iba a escribir la cartita de agradecimiento, cambié de idea: creo que no merece una carta, sino algo más, un artículo de agradecimiento. 


No soy analista político y ni siquiera llego a escritora; creo una osadía de mi parte hacer comentarios acerca del artículo de Delgado Fiallos, pero trataré de hilvanar algunos pensamientos exaltando la personalidad de Roberto, inspirada en las elogiosas frases que Aníbal ha tenido a bien

dedicarle.


Empezaré por narrar cómo llegó Roberto a formar parte del ejército hondureño. Después de graduarse en 1944 de bachiller en el Instituto Central de Varones, en donde fue merecedor en dos ocasiones de la medalla Padre Reyes, se matriculó en la Facultad de Ingeniería de nuestra Universidad. Por ese tiempo, éramos muy amigos con él y su grupo. Formaban el grupo, entre otros: Fernando Pineda hijo, Roger Cornavaca, Carlos WiIliams, Rubén Valladares, César Vigil, Francisco García, Isidoro Martínez y Carlos Rivera Cáceres. Por desgracia, varios de ellos, ya no están con nosotros. Recuerdo que yo trataba de torcerle su vocación matemática e inclinarlo a las leyes, pero me ganó la partida Armando Uclés Gaborit, su profesor de matemáticas, y persona a quien Roberto admiraba. Fueron dos los profesores que Roberto más respetaba, Armando Uclés Gaborit y Alejandro Rivera Hernández, su profesor de filosofía. A veces, yo le hacía la broma de que en él había perdido un brillante abogado. Después de unos años, lo admitió y me prometió estudiar leyes, en cuanto tuviera tiempo.


Se precipitaron los acontecimientos del 4 de julio de 1944, cuando parte del pueblo empezaba a levantarse contra el general Tiburcio Carías; su padre, el doctor Juan Manuel Gálvez, decidió, entonces, mandarlo a la Universidad Estatal de Luisiana en la que estudió un año. Luego, solicitó su ingreso en el Instituto Tecnológico de Massachusetts en Boston, considerada como la universidad más exigente de Estados Unidos, en el campo de ingeniería. Lo logró y, después de cuatro años de estudio, se graduó con el título de Ingeniero en Ciencias Aeronáuticas. Con semejante especialización era difícil encontrar trabajo en Honduras, y los dos queríamos regresar a nuestra tierra. Por ese entonces, ya habíamos contraído matrimonio en la ciudad salvadoreña de Sonsonate.


Decidió, pues, probar suerte en la Fuerza Aérea Hondureña como instructor en varias materias. Aquí llevó vida de soldado, no tenía tratamiento especial por ser hijo del Presidente,_y así empezó su formación militar.


¿Fue un militar civilista o un civil militarista? Fue mucho de las dos cosas. En todo lo que emprendía se notaba la disciplina militar y el afán de perfección en su trabajo, pero su espíritu de civil idealista nunca lo perdió, aún cuando ocupó puestos como militar, por ejemplo, en la Junta Militar de Gobierno. Después, pasó a ser el primer director y organizador de la Dirección General de Aeronáutica Civil. En compañía de personas como Armando San Martín, Hernán Domínguez Agurcia, los abogados Manuel Acosta Bonilla, Darío H. Montes, Salvador Aguirre hijo, Rafael Paz Paredes (hondureño que se desempeñaba como asesor jurídico de la Asociación de Aviación Civil de México), miembros de la Fuerza Aérea y algunos asesores mexicanos lograron elaborar la Ley de Aeronáutica Civil que después aprobó el Congreso Nacional. Esta ley sirvió luego de ejemplo a otros países centroamericanos.


Una vez que su padre depositó el poder en su vicepresidente, don Julio Lozano, Roberto fue nombrado Ministro de Fomento, Obras Públicas y Transporte y, meses después, ocurrió el golpe del 21 de octubre de 1956.


De aquí en adelante, quiero entablar un amistoso diálogo con Aníbal Delgado Fiallos. Analicemos, pues, la situación de Roberto. Por circunstancias que expliqué antes, Roberto llegó a formar parte de la Junta, posición para él difícil y que nunca buscó. El tener que actuar contra don Julio no fue decisión fácil, sólo la decidió después de mucha meditación. Su conclusión final fue muy sencilla: el golpe militar de ellos era el único que tenía la posibilidad, y casi la seguridad, de ser incruento.


El golpe miliar le acarreó a Roberto, de lo que estaba consciente, cierta tensión, y hasta enemistad, con su padre y desprestigio en su partido. El Partido Nacional les achacaba a los golpistas que les habían quitado el poder de las manos. Empezó, pues, su trabajo como triunviro con la esperanza de que sus actuaciones lo prestigiasen ante el pueblo, que sus compañeros de armas siguieran brindándole su ayuda y, lo que él creyó que tendría, "el apoyo moral" que debió darle el Partido Liberal que, obviamente, era el favorecido en todo este proceso.Bien dice Aníbal Delgado Fiallos que "en los cruces de la historia el hombre que decide debe contar con análisis teóricos correctos-y con-un amplio apoyo popular". Empiezo con este párrafo porque me parece acertadísimo. Quiero decir que Roberto era hombre inteligente, analítico exhaustivo, exacto en sus apreciaciones, idealista y su excesivo amor a Honduras lo hacía, a veces, soñador. Contaba pues con ciertos atributos necesarios para el que tiene que tomar decisiones.

Mientras estaba en la Junta conocía muy bien el terreno que pisaba, estaba compenetrado de la difícil situación, pero tenía la convicción y la decisión necesarias para luchar por lo que él creía beneficioso para Honduras. Conocía bien las fuerzas que estaban en su contra, pero estimaba que contaba con suficiente apoyo para salir adelante en su decidido propósito de llevar al país a elecciones presidenciales.


El día que se realizaron las elecciones, la Casa Presidencial estaba desierta, sólo quedaron Salvador Aguirre, Roberto Palma Gálvez y mi marido. Me contaban que en el transcurso del día entraban llamadas y telegramas de los diferentes pueblos del país con un "elecciones libres, mi mayor. Aquí están ganando los cheles", y la contestación: "Elecciones libres". Cuando Roberto afirmaba que podía garantizar las segundas elecciones era porque ya la maquinaria había sido puesta a prueba en las primeras.


Otro factor importante a favor de Roberto era que, tal como se estaban sucediendo los acontecimientos hasta esa fecha, seguía teniendo el apoyo de la mayoría de los militares y el entendimiento con Whiting Willauer quien, como Embajador de Estados Unidos de América respetaría la decisión del gobierno de ir a las segundas elecciones. Es aquí cuando aparece en escena Jack Pool, Consejero Político de la Embajada de los Estados Unidos. Es obvio que entre el Embajador y su subalterno hubo un desacuerdo. Pero ¿quiénes hacen grande a Jack Pool? Los que, con planes preconcebidos, estaban haciendo rápidos arreglos con liberales villedistas. Al doctor Ramón Villeda Morales ya no podían quitarlo del camino, dejarían que subiera a la Presidencia, después seguirían las vejaciones que ya todos conocemos, y, así, sería por mucho tiempo el último gobernante liberal.


El Pacto Villeda-López (conocido como Pacto de Agua Azul y que testigos señalan que se firmó en casa de Esteban Mendoza) entra en cocción con ofrecimientos de ambos lados. Según sospechamos nosotros, la autonomía de las Fuerzas Armadas no la pidieron los militares; se los dieron de chascada, como decimos. Si el liberalismo no hubiera pactado con Oswaldo López Arellano y si la posición hacia Estados Unidos hubiera sido: "Señores, iremos a elecciones para elegir a nuestro próximo Presidente", no se hubiera contado con la oposición de Estados Unidos. Roberto sabía que Estados Unidos aceptaría la decisión de las nuevas elecciones por el conocimiento profundo que tenía de este pueblo y porque, además, nada pone tan en guardia a Estados Unidos y a su pueblo como llegar con la ley en la mano y decirles: "Esta es la ley". Por algo son una democracia. Si esto hubiera sucedido, los planes que traía Jack Pool se hubieran derrumbado y el embajador Willauer, que había sido inspirador de una gesta gloriosa, hubiera triunfado y, lo que era más importante para Roberto, y creo que para todos, hubiera triunfado también Honduras.

¿Por qué estaba Roberto tan seguro de que Estados Unidos no rechazaría las elecciones para Presidente? Tal vez por el profundo conocimiento que tenía del pueblo norteamericano, tal vez, porque era nieto de un norteamericano, el padre de su madre, y desde niño tuvo que aprender un inglés perfecto con sus tías que no hablaban español. La amistad de Roberto con este pueblo estaba basada en el respeto mutuo y este respeto sabía exigirlo cuando era necesario. Roberto era ~en su carácter casi contradictorio: inmensamente humilde, profundamente sencillo, pero terriblemente altivo cuando el caso lo exigía. Ilustro este comentario con esta anécdota. Lo nombraron Embajador de Honduras en Estados Unidos por varios motivos. Había sucedido un pequeño incidente entre los dos países y las relaciones estaban un poco frías. También, en este tiempo, estábamos en la fase más candente del conflicto con El Salvador y parecía que nuestro lado no era el favorecido por el país del norte (además, en lo personal creo que también querían dejar el campo libre a Ricardo Zúniga Augustinus). Pero el motivo principal en el gobierno fue que siempre se tuvo la idea de que Roberto era mimado del Departamento de Estado y, naturalmente, nombrándolo los problemas tendrían una solución rápida.


Al llegar a Washington, le hicieron saber que tendría que esperar a que otros embajadores presentaran sus credenciales para recibirlos en grupo. Esperó un tiempo prudencial, cuando consideró que era ya un desaire para el país, les hizo saber que ya había calentado banca por suficiente tiempo y que se regresaría a Honduras sin haber presentado credenciales. Ese mismo día recibió una llamada de la Casa Blanca, "¿Quiere presentar credenciales mañana mismo, Señor Embajador? Lo recibiremos solo, no en grupo". Al mismo tiempo, le hicieron saber que la Casa Blanca rompería el protocolo y que, por primera vez, tendrían mucho gusto en recibir también a la esposa del señor embajador. Así fue, yo también asistí a la presentación de las cartas credenciales. Después, cuando nos mandaron la película y las fotos del evento, nos dijeron que había sido un acto muy especial, con mucha más pompa de lo que se acostumbraba.


El Presidente Richard M. Nixon llegó a tener con Roberto amenas charlas, recordando el tiempo en que visitó Honduras. Fueron varios los incidentes como el narrado en que Roberto reclamó sus derechos cuando creía que no nos daban, como país, un trato digno. Entre el cuerpo diplomático se corrió la voz de que "Honduras tiene alcalde en el pueblo”.

Aníbal Delgado Fiallos, más adelante, señala en su artículo que de habérsele ofrecido un fuerte respaldo a Roberto, en vez de renunciar a la Junta Militar, "hubiera ido más adelante en su accionar político". Creo que es cierto, pero también es posible que ya fuera demasiado tarde para no renuncar, dado el carácter rectilíneo de las acciones de Roberto. Además, los civiles que antes lo rodeaban, ahora se habían vuelto esquivos, no querían ser arrastrados con él a una derrota, derrota aparente digo yo, porque es éste el paso que lo hace grande ante la historia. De haberse mantenido en el poder, naturalmente que su carrera política hubiera sido más fructífera, pero en ese entonces él estaba totalmente alejado de toda

ambición política. Cuando un periodista le preguntó si era cierto que él se quería quedar en el poder como presidente, la contestación fue: “Para que yo pueda aspirar a ser presidente le hacen falta candelas al queque”, insinuando que era aún muy joven, sólo tenía 31 años. A esta edad ya Roberto tenía un carácter muy bien formado, fuerte y con una gran dosis de estoicismo.


El día que tomó la valiente decisión de renunciar, con toda la tranquilidad del mundo llamó a Roberto Palma Gálvez, Secretario de la Junta Militar, para que le ayudara a redactar la carta de renuncia. A mí me mandó a pedirles su parecer y participarles de su decisión a sus dÓs grandes consejeros, su padre y el mío. Mi papá, muy emotivo, llegó inmediatamente a nuestra casa y, allí mismo, él también decidió renunciar el mismo día a la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia. Roberto, ante esta rápida decisión le dijo: "Don Darío, ya que yo no voy a estar allí -refiriéndose a la ceremonia de la toma de posesión- quiero que esté usted. Quiero verlo allí, después de todo es su Partido por el que usted tanto ha luchado”.

La contestación de su padre, el doctor Gálvez fue terminante: "Que renuncie ahora o nunca". Los-dos sabían que Roberto era así, diáfano, transparente, en él nunca hubo una sombra que empañara sus actuaciones.


Bien dice Aníbal Delgado Fiallos que "la ausencia de un pueblo consciente de sus intereses y la carencia de una intelectualidad y ún sector empresarial comprometidos con el futuro, permiten que la avalancha de los acontecimientos y el poder de las fuerzas dominantes a nivel nacional e internacional, se sobrepongan a las intenciones sanas de los patriotas”. Así se perdió la lucha de un hombre que, por el bien de Honduras, daba lo mejor de sí, sin pensar en filiaciones políticas ni en su provecho personal.


El Partido Liberal Villedista perdió una gran oportunidad: un hondureño que, como dice Aníbal Delgado Fiallos, "andaba tras las cosas simples pero fundamentales: la república democrática, el honor nacional y un ejercicio administrativo apegado a la decencia". Roberto les ofrecía llegar a la presidencia sin ataduras, sin negociaciones, sin compromisos de ninguna clase, pero escogieron el camino fácil, corto y trillado: el yo te doy y tú me pagas.


Se creyó que era un capricho de Roberto en insistir que el presidente no fuera nombrado por la Asamblea Nacional Constituyente; pidió, casi le imploró al doctor Vil leda Morales que fuera a elecciones. Una pared de incomprensión estaba a su alrededor y ya no tenía a quien más acudir. Recordemos que Roberto ya conocía muy bien a Oswaldo LópezArellano, tanto su inteligencia como su desmesurada ambición. Habían trabajado juntos por varios años en Aeronáutica Civil. Conocía también a los asesores de quienes estaba rodeado, entre ellos Esteban Mendoza y Ricardo Zúniga Augustinus, los dos flor y nata de la intriga política.


Con Ricardo Zúniga Augustinus eran contrincantes en política, sin embargo se gastaban muchas bromas. Vivíamos en Miami donde Roberto trabajaba con TAN Airlines (de la cual nunca fue poseedor ni de una acción como ha sido la creencia), cuando Ricardo estaba ya pensando en la presidencia. Le pidió a Roberto que lo acompañara a Washington, al Departamento de Estado. "¿Hasta dónde quieres llegar?", le preguntó Roberto. "Hasta lo más alto a que tengas acceso", le contestó Ricardo. Cuando estaban ya despidiéndose de la persona que los atendió, Ricardo preguntó con quien tenía que entenderse de ahí en adelante, la respuesta fue: "Todo lo que venga a través del ingeniero Gálvez, tendrá buena acogida en Washington". A su regreso a Miami me dijo que indudablemente Roberto era hombre de influencia, estaba sorprendido cuán alto había llegado. Pero con todo y todo, Ricardo le manifestó a Roberto: “Mientras yo viva nunca llegarás a la presidencia". "Ya sé", le replicó Roberto, “te echarás en el bolsillo al Partido Nacional". Cuento todo del respeto y aprecio que Estados Unidos tenía por Roberto, sin pedantería ni pretensiones, sólo es un reflejo de la larga admiración y respeto que las autoridades de ese país sentían por su honradez y su incorruptibilidad.


¿Quién ganó, quién perdió? Perdimos todos. Honduras en primer lugar. El Partido Liberal también ha tenido su cuota de penitencia. ¿Y las Fuerzas Armadas? ¡Cuántos años les tomará recuperar el prestigio que un día tuvieron con el pueblo y la sociedad civil! ¿Cuándo el pueblo volverá a ofrecerles hojas de laurel a su paso?

Tegucigalpa, M.D.C., noviembre de 1996.

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Agradecimientos

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