
El Golpe de Estado de 1956: Semblanza de una memoria
Jorge Bueso Arias
EL GOLPE DE ESTADO DE 1956
Semblanza de una memoria
por Jorge Bueso Arias
DEDICATORIA
A mi Señora
Mercedes Callejas Bonilla de Bueso, a nuestros hijos
Manuel Venancio e Isabel,
y a la memoria del Mayor e Ingeniero Roberto Gálvez Barnes y de su Señora Esposa Lucía Cristina Montes de Gálvez.
PRÓLOGO
Durante el Gobierno de facto de Don Julio Lozano, el Ingeniero y Mayor Roberto Gálvez Barnes y yo, iniciamos la caída de aquel Gobernante. Nuestra participación la mantuvimos en la más estricta reserva, nunca la hicimos pública porque actuamos conforme a nuestras conciencias, que nos indicaban que teníamos la obligación de cumplir con nuestro deber. Por eso titulo este breve escrito como “El Golpe de Estado de 1956.”
Ahora, transcurridos más de medio siglo desde aquel- los acontecimientos, considero que es conveniente que se conozca cómo se originó la idea del cambio de Gobierno y los motivos que tuvimos el Ingeniero Gálvez Barnes y yo, para hacer lo que hicimos: poner en marcha unas gestiones que culminaron con la caída del Gobierno de Don Julio Lozano. El silencio innecesario puede distorsionar la autenticidad de los acontecimientos históricos.
En este ensayo se revela la participación que tuvimos el May- or e Ingeniero Roberto Gálvez Barnes y yo en el golpe de estado contra el Gobierno de Don Julio Lozano Díaz.
Y gracias al Dr. Carlos López Contreras, por haber revisado y mejorado este escrito.
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Reforma del Presidente Gálvez
En 1948, recién integrado el gobierno del Presidente Juan Manuel Gálvez, pidió asistencia técnica al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial para que ayudaran al gobierno de Honduras a fundar el Banco Central de Honduras y el Banco Nacional de Fomento.
Atendiendo esa solicitud, los organismos internacionales antes mencionados enviaron un equipo de 3 o 4 técnicos muy capacitados, algunos bastantes jóvenes, como el Doctor Paul Vinelli, que terminó volviéndose residente y muy beneficioso, por cierto, para Honduras, como muy beneficiosos han sido sus hijos e hijas que viven en el país.
En aquel entonces yo desempeñaba la Subgerencia de El Ahorro Hondureño, Compañía de Seguros y Caja de Ahorros; por tal motivo en unas 2 o 3 veces dichos técnicos pidieron mi opinión sobre algunos asuntos de la banca nacional, que estaba compuesta únicamente por Banco Atlántida, Banco de Honduras, El Ahorro Hondureño y la recién fundada BANCAHSA.
La ley del Banco Central de Honduras, como organismo que inició sus funciones el 1 de julio de 1950, contemplaba que su Directorio estuviera compuesto por el Presiden- te del mismo, nombrado por el Presidente de la República, por el Ministro de Finanzas, el Presidente del Banco Nacional de Fomento, un representante Propietario y un Suplente del sector privado y otro Propietario y Suplente por la banca nacional, éstos últimos por un período de 2 años.
Los representantes de la banca y del sector privado tenían prohibido por ley ser reelectos y, además, tenían que ser de distintas instituciones bancarias con relación a los representantes del período anterior. En el período 1950-1952, los Directores por la banca fueron representantes del Banco de Honduras y de El Ahorro Hondureño. Por eso, los cargos de Directores del Banco Central de Honduras para el período 1952-1954 recayeron en el Banco de Occidente --que habíamos fundado y empezado a operar el 1 de septiembre de 1951 -- y en BANCAHSA. Con el Licenciado Daniel Casco
López, convinimos que como yo residía en Santa Rosa de Copán y no podía estar presente en todas las sesiones semanales del Directorio del Banco Central, yo sería el Propietario y él sería el Suplente.
Siendo yo miembro del Directorio del Banco Central de Honduras durante esos 2 años, me tocó participar en de-cisiones muy importantes y, a veces, yo tenía opiniones diferentes a las del Doctor Vinelli, que era Asesor de dicho organismo. Para sostener mis puntos de vista y para dar un mejor servicio en el Directorio y para argumentar con el Doctor Vinelli, tenía que dedicar mucho tiempo a estudiar los temas de la agenda.
Como tenía que estar en Santa Rosa de Copán, ya que nuestro Banco era pequeño y las comunicaciones terrestres muy malas, viajaba por avión cada 15 días. Para mejor desempeñar el cargo de Director, todos los días, especialmente en la noche, yo estudiaba y aumentaba mis conocimientos sobre asuntos de economía, banca y finanzas, hasta llegué a tomar un curso por correspondencia con la universidad donde yo me había graduado, Lousianna State University, (LSU). Así aumentaba mis conocimientos sobre la materia y fortalecía mis puntos de vista de cómo debía ser el sistema financiero nacional.
Mientras fungía como Director del Banco Central de Honduras y considerándome miembro del Partido Liberal, estimaba que no era apropiado que yo participara en actividades políticas, por lo cual estuve fuera de toda actividad política hasta julio de 1954, cuando participé unos 2 meses en la campaña presidencial del Doctor José Ramón Villeda Morales.
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Copán y el Banco de Occidente
En los primeros meses de 1951, mis padres viajaron a Francia y me habían pedido que mientras estaban ausentes, yo fuera a manejar los negocios de la familia, en lo cual estuvo de acuerdo mi jefe, una gran persona, muy honesto y muy íntegro, el Ingeniero Manuel A. Zelaya. En pocos meses me di cuenta de la necesidad de financiamiento que tenían los productores y pequeñas empresas que en ese entonces existían en Santa Rosa y en el Occidente del país. Cafetaleros que producían mil quintales de café –valorados en aquel entonces en L60,000.00-- como don Armando Castejón Fiallos-- no podían obtener crédito ni siquiera por L5,000.00 y tenían que acudir al crédito informal pagando altísimas tasas de interés. Ganaderos, como don Ramón (Moncho) Medina, que fue mi gran amigo, que tenía más de 500 cabezas de gana- do, no podía obtener un crédito ni por L3,000.00; así diferentes comerciantes y productores del occidente. Entonces decidí, después de consultar con mi esposa, doña Mercedes Callejas de Bueso, con quien me había casado el 4 de febrero de 1950, porque sabía que iba a ser un sacrificio para ella pasar de residir en la capital a Santa Rosa de Copán y consultando con mi buen amigo, el Abogado Roberto Ramírez, Presidente del Banco Central de Honduras, con mis padres y hermanos y con un grupo de representantes de familias de Santa Rosa de Copán, decidimos fundar el Banco de Occidente.
Quiero llamar la atención al hecho de que el motivo principal para fundar el Banco era dar servicios bancarios a la zona de occidente, esperando, como era natural, que al dar un buen servicio habría un buen resultado para los accionistas que habríamos invertido en el capital inicial del Banco. El Ingeniero Zelaya había comprendido la situación y me dijo lo siguiente: “Jorge, cualquier monto del capital --que era de L100,000.00-- que no puedan suscribir sus familiares y otros accionistas, nosotros, El Ahorro Hondureño, lo haremos”, por lo cual en el capital inicial del Banco, El Ahorro Hondureño tendría el 23% del mismo.
Como el Banco había crecido y nosotros mirábamos que los otros Bancos en aquel entonces no concedían créditos si no era con garantía hipotecaria de propiedades en Tegucigalpa, San Pedro Sula, Puerto Cortés, Tela y La Ceiba y que nosotros habíamos concedido algunos préstamos a productores agrícolas y ganaderos de la zona norte, sin mucho análisis, solo conociéndoles y sabiendo el valor de sus propiedades, habíamos decidido estudiar la posibilidad de tener una ofi- cina en San Pedro Sula a fines de 1954, o a principios de 1955, pero por motivos de las elecciones de octubre de 1954 y que al no reunirse el Congreso Nacional, don Julio Lozano asumió la Presidencia de la República o Jefatura de Estado, aunque el Doctor Villeda Morales había obtenido una gran mayoría en los votos, pospusimos la decisión.
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El Consejo de Economía
En los primeros meses de 1955 yo recibí en Santa Rosa de Copán, un telegrama de mi amigo, a quien yo apreciaba y respetaba mucho, el Abogado Pedro Pineda Madrid, que era Ministro de Finanzas en el gobierno de don Julio Lozano, diciéndome más o menos lo siguiente: “En el término de la distancia te ruego presentarte a este despacho”. Como yo no estaba acostumbrado a recibir mensajes en esos términos, que muchas veces se usan en cuestiones gubernamentales, inmediatamente me preocupé y me dije: “que cosa habré hecho para que Pedro me llame urgentemente y en estos términos.” Viajamos con mi señora y cuando fui a presentarme ante Pedro y le pregunté que qué pasaba me dijo: “No hombre, nada malo, es que estamos organizando el Consejo Nacional de Economía y han propuesto tu nombre para Secretario del mismo.” Después supe que quien me había propuesto era el Doctor Vinelli, quizás por la relación y discusiones que habíamos tenido, siempre amigablemente, cuan- do yo era Director del Banco Central de Honduras.
El Economista del Banco Mundial, Jonas Haralz, de nacionalidad islandesa, era el que estaba entrevistando a los candidatos, Pedro me dijo: “Yo te rogaría que te entrevistaras con él.” Le dije: “Pedro, con gusto, aunque no tengo interés en venir a desempeñar cargo público alguno.” Me entrevisté con el señor Haralz que era muy joven, y pude ver que realmente era un buen economista. Me hizo varias preguntas sobre la economía de Honduras, de Centroamérica clima de negocios en el país, etc. En esta entrevista que duró más de una hora, cuando terminamos me recuerdo que le dije: “Mire, señor Haralz, yo no tengo interés en ocupar este cargo. No me molestaría que no me consideraran.” Como a los 2 meses, y me acuerdo que estando yo en cama con una fuerte gripe allá en Santa Rosa, me llegó la noticia que me habían nombrado para dicho cargo. Hablé con mi padre que era Presidente de la Junta Directiva de Banco de Occidente y según nuestros estatutos en ausencia del Gerente, él era quien desempeñaría ese cargo y le dije que no quería aceptar. Él era miembro de la Junta Directiva del Banco Nacional de Fomento y le dije que con él le enviaría una carta a don Julio Lozano, Gobernante en funciones, diciéndole que agradecía mucho el nombramiento, pero que no lo aceptaba. Le pedí a mi padre que la llevara. Sin embargo, mi padre, antes de entregar esa carta, fue a ver al Doctor Ramón Villeda Morales (Moncho, como él le decía) quien le dijo: “Dígale a Jorge que acepte, que lo necesitamos aquí en Tegucigalpa.” Por eso mi padre no entregó la carta y me dijo: “Cuando a uno lo llaman a servir al pueblo hondureño, debe aceptar, aunque sea solo por 3 o 4 años.” Ante esa situación, no me quedó más opción que aceptar el cargo y debe haber sido allá por abril o mayo de 1955 que con mi esposa, hijo e hija nos trasladamos a Tegucigalpa para que yo pudiera desempeñar dicho cargo.
Así, pues, empecé a trabajar como Secretario del Consejo Nacional de Economía, que por cierto en eso de planificar a nivel nacional yo no estaba muy empapado, pero afortunadamente teníamos dos asesores asignados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, el señor Haralz y un Ingeniero peruano de cuyo nombre, desafortunadamente, no me acuerdo, pero que era muy bueno, y que fueron de gran ayuda.
Entre las tareas que el Gobierno me encomendó fue participar en la Comisión que negociaría un Tratado de Libre Comercio con Guatemala, ya que había caducado el que anteriormente se tenía y como yo siempre he sido --y soy-- partidario del libre comercio entre los países de Centroamérica, con gusto había aceptado esa responsabilidad.
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Ante la dictadura, ¿qué hacemos?
En enero de 1956, ya cuando habíamos aprobado el último borrador del Tratado, yo lo llevé al Banco Central y le dije al Abogado Roberto Ramírez (“Robertón”, como le llamábamos amigablemente) “Robertón, hasta aquí llego yo. Mañana renuncio y me voy para Santa Rosa”. El me preguntó: “¿Por qué?”. Le contesté: “No has visto ese telegrama que ha mandado don Julio --que por cierto creo que era número 1046- A-- diciendo algo así: “Ya les vamos a enseñar a los liberarles como mandar.” Con ese partido que se está formando y con ese mensaje vamos camino a una dictadura y yo no quiero ser parte de eso.” Entonces él me dijo: “¿Querés hacer algo?” Le contesté: “A mí me gustaría,” entonces me dijo: “Hay que estar adentro, si te vas para Santa Rosa allá te van a meter preso y por unos días serás héroe de periódico y después todo el mundo se va a olvidar de ti.” Le dije: “Si tenés alguna idea, yo vengo mañana para que nos veamos y hablemos al respecto.” Efectivamente, al día siguiente como a eso de las diez de la mañana, fui al Banco Central y estaba Roberto con don Tomás Cálix, Vice-Presidente del Banco Central, el Abogado Rogelio Martínez Agustinus y creo que el Gerente General, don Arturo Medrano. Les dije “acá estoy, Robertón, ¿Qué es lo que me querés decir? Él me dijo: “Vos sos amigo de Juan Gálvez,” refiriéndose al Expresidente Doctor Juan Manuel Gálvez. Le contesté, yo lo respeto y reconozco que hizo una buena labor en la Presidencia de la República, pero no soy su amigo para hablarle de estas cosas. Él me dijo: “¿Y de su hijo Roberto?” —quien en aquel momento estaba en la Secretaría de Obras Públicas– Le dije “de él sí y a él le podría hablar de esto.” Entonces llamó por teléfono al Ingeniero y Mayor Roberto Gálvez Barnes y le dijo que yo quería verlo. Le contestó que con gusto me recibiría y que fuera a verle a su oficina.
Para explicar por qué habíamos llegado a ser amigos con el Ingeniero y Mayor Roberto Gálvez Barnes, era porque él había sido Director de la Aeronáutica Civil y el Sub Director era el Capitán Armando San Martín, compañero nuestro en
la infancia y en la adolescencia, en la primaria y secundaria y por él habíamos tenido esa relación. Además, cuando el Doctor Gálvez, como Presidente, viajó unas dos veces a Santa Rosa y le acompañaba su hijo Roberto, como el Doctor Gálvez quería eliminar las diferencias que existían entre liberales y nacionalistas, él dormía en casa del General Bar- nica y pidió a mis padres, que habían sido muy amigos de él cuando era Abogado de la United Fruit Company en San Pedro Sula, que le hospedaran a su hijo; o sea que él dormía en casa de un nacionalista, pero su hijo dormía en casa de liberales.
Del Banco Central me fui para donde Roberto y cuan- do le expliqué mis preocupaciones y mis sentimientos, él me dijo más o menos lo siguiente: “No fregués, Jorge, yo estoy igual que tú, pero no hallaba con quien hablar. Yo creo, como tú, que no le conviene al país el camino que va siguiendo y que se establezca una especie de dictadura.” Entonces nos pusimos de acuerdo en que él hablaría con sus compañeros y amigos militares, ya que llegamos a la conclusión que tendrían que intervenir Las Fuerzas Armadas y yo me encargaría de hablar con los elementos civiles que confiáramos que no lo harían público. Allí mismo acordamos que si uno de los dos iba a renunciar al cargo que desempeñábamos en el Gobierno, el otro también tendría que hacerlo.
Recuerdo que el 1 de agosto de 1956 un grupo de estudiantes y jóvenes asaltaron el Cuartel San Francisco y yo fui donde don Julio y le dije: “Ponga atención a lo que sucedió. Al paso que usted va se volverá un dictador y quería decirle a usted que si yo me quedo en su gobierno, voy a luchar contra esa gente que lo quiere llevar a usted a una imposición”. Para mi sorpresa, don Julio me contestó más o menos lo siguiente: “George (así me llamaba) esos hijos de p no me dejan ni siguiera desayunar tranquilo cuando ya me están trayendo chismes y cuentos.” “Don Julio, le dije, le agradezco que haya comprendido mi decisión. Sólo así me quedo en su gobierno.”
Después me fui al despacho de mi amigo y compañero de secundaria y Ministro de Finanzas, el Abogado Pedro Pineda Madrid y le dije lo mismo que le había dicho a don Julio. Él me contestó: “Jorge, tú eres libre de pensar y actuar como quieras y has hecho bien de habérselo dicho así a don Julio y a mí.” Pedro, le dije, “te agradezco que me hayas también comprendido”. Por supuesto, también se lo comuniqué al Ing. Roberto Gálvez Barnes.
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Elecciones fraudulentas
Cuando vinieron las elecciones, que fueron el 7 de octubre de 1956, los miembros del Partido Unificación Nacional (PUN) ganaron todo y me acuerdo que el Doctor Juan Manuel Gálvez dijo públicamente: “Julio, les metiste capote,” refiriéndose que no había sido electo ningún diputado liberal.
Cuando yo vi eso, me fui temprano en la mañana del día siguiente de las elecciones donde Roberto Gálvez y le dije: “Bueno, Bobby (como le decíamos familiarmente), yo ya no puedo seguir. Voy a renunciar y me voy para Santa Rosa.” Él vivía en los altos de la Casa Urbana, ubicada en el centro de Tegucigalpa, y el Doctor Gálvez en el primer piso. Bobby me dijo: “Vamos a hablar con mi papá.”. El Doctor Gálvez es- taba desayunando y solo Roberto entró al comedor. Como a los diez minutos salió el Expresidente Gálvez, cogió su sombrero y, contrario a su costumbre que siempre me saludaba muy cordialmente, solo me dijo “Buenos días Jorge” y salió a la calle. Al rato Roberto salió y me dijo: “Mi papá dice que si vos querés renunciar que lo hicieras, pero que yo no debería hacerlo porque él es hasta compadre de don Julio.” Le dije “Mirá, Bobby, yo te voy a esperar hasta el miércoles y si no querés que renunciemos juntos, yo si voy a renunciar.”
Me fui a la oficina y como a la hora más tarde, Bobby me habló por teléfono y me dijo: “Vení, Jorge, que te tengo una sorpresa”. Me fui inmediatamente. Al entrar en su oficina del Ministerio, estaba Bobby sentado ante su escritorio y enfrente estaba el Coronel Héctor Caraccioli, que era el Jefe de la Fuerza Aérea, sentado en un sofá, con uniforme de gala y como era ojos verdes y tenía una bufanda verde y era bien parecido, era una imagen agradable la que daba. Bobby me dijo: “Que te cuente “Cacha” (como le decíamos sus amigos) y Cacha me dijo: “Mirá, Jorge, hay como cuatro grupos in- vitándonos a que demos un golpe de estado y solo ustedes nos han hablado en bien del futuro del país, de tener un gobierno democrático y honesto, de educación, de la unión de los hondureños (recuérdese que Bobby era nacionalista y yo era y soy liberal) y lo que debemos hacer todos para que éste país progrese. Los otros sólo hablan de venganza y castigar a los partidarios de don Julio y a los militares. Por eso hemos aceptado irnos con ustedes y porque creemos que es necesario cambiar de Gobierno.” Yo me quedé sorprendido y ya de una vez comprometido y, naturalmente, alegre de que eso pensaran de nosotros. Esa clase de militares eran los Coroneles Héctor Caraccioli y Armando Escalón, Jefe y Subjefe de la Fuerza Aérea Hondureña, respectivamente. Pensaban en un buen futuro para Honduras y en la unión de los hondureños. Allí mismo, los tres empezamos a planificar cómo llevar a cabo la operación. En esa misma reunión nos pusimos de acuerdo Caraccioli, Bobby y yo que ya no podíamos perder mucho tiempo por las actividades de los partidarios de don Julio, que la fecha probable del golpe de estado sería el 21 de octubre.
Bobby y yo nos mantendríamos en contacto con los Militares, y me acuerdo que los Jefes de la Fuerza Aérea le facilitaron a Bobby un transmisor portátil de radio para poderse estar comunicando con él directamente. No me acuerdo si la palabra contacto para esa transmisión de radio era “TIGRE” u “OSO.” La mayor parte de las veces quien recibía los mensajes de la Fuerza Aérea era la esposa de Bobby, doña Lucía Cristina Montes de Gálvez, ya que ella como mi señora esposa, Mercedes Callejas Bonilla de Bueso, sabían lo que queríamos hacer Bobby y yo y nos apoyaban en todo momento y, sobre todo, guardaron el secreto necesario.
No me acuerdo por qué razón ese mismo día, o al día siguiente, hablamos con Nick Agurcia y le planteamos la idea del alzamiento. Estuvo de acuerdo en acompañarnos. Quedamos que nos reuniríamos si posible todos los días, en las noches, cambiando de lugar, para planificar y seguir la marcha de los eventos.
Quedamos en que nos reuniríamos en las noches en la casa de Nick Agurcia, que quedaba cerca de la Embajada Americana y más tarde en la casa del Doctor Roberto Lázarus, quien también había aceptado formar parte del grupo de civiles que apoyábamos a los militares.
Así, pues, día a día íbamos planificando y poniéndonos de acuerdo en las perspectivas para el golpe de estado, en el cual conveníamos en que había que evitar que hubiera muerto alguno y que, si posible, no hubiera violencia.
Como antes dije, mi padre era miembro de la Junta Directiva del Banco Nacional de Fomento, y cuando le tocó viajar a Tegucigalpa en la primera quincena de octubre para asistir a la sesión de esa Junta Directiva, cuando nos vimos, me preguntó qué estaba pensando yo, y que por qué no renunciaba; sólo le contesté, con el respeto y cariño que le tenía, más o menos lo siguiente: “Papá, algo está sucediendo, pero no te lo puedo contar, porque no es conveniente que se divulgue. Sólo dile a Héctor (mi hermano mayor y que era un líder liberal en Copán, por cierto, el único liberal que había sido electo Alcalde Municipal en los años 40, en tiempo de la dictadura del General Carías; Alcaldía de Santa Rita, Copán) que estos días mejor se vaya a San Pedro Sula”.- También, me encontré en la calle con el Dr. Carlos Javier, con quien, y el Abogado Pedro Pineda Madrid y otros compañeros, nos habíamos graduado juntos en el Colegio Álvaro Contreras en Santa Rosa y al vernos y saludarnos, me preguntó que por qué no había renunciado. Me acuerdo que sólo le dije que había que tener paciencia, contestación que, naturalmente, no le gustó y se fue dejándome plantado. Yo comprendí su actitud, pero no podía decirle más.
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Ampliando la red
Tanto Bobby como yo creíamos que necesitábamos que un buen Abogado, y de confianza, nos acompañara y nos aconsejara. Ambos estuvimos de acuerdo en que el Abogado Roberto Ramírez, en aquel momento Presidente del Banco Central, fuera quien nos acompañara. Juntos, Bobby y yo, fuimos a verlo, como el 10 u 11 de octubre, a su oficina en el Banco Central. Yo personalmente le dije: “Mirá, Roberto, te queremos comunicar algo muy delicado, si no lo querés oír no te lo decimos y hasta aquí llegamos, pero si nos pedís que te lo digamos, ya estás comprometido a ayudarnos.
Recuerdo que él sólo me dijo “denle viaje.” Entonces le contamos todo lo que estábamos pensando hacer y hasta donde estaban los preparativos. El nos dijo. “Tienen mucha razón, yo también creo es conveniente para el país esa buena intención de ustedes y que Caraccioli y Escalón son buenos militares y bien intencionados.
Me acuerdo que como yo estaba nervioso y la oficina del Consejo de Economía, del cual yo era el Secretario, quedaba calle de por medio del edificio del Banco Central, cuan- do me sentía preocupado, mi alivio era ir a ver a Robertón (como le decíamos) a contarle como andaban las cosas. Él estaba más nervioso que yo y me preguntaba: “Jorge, quién más sabe de esto” y yo le decía, medio en broma: “Y a vos que te preocupa eso; si a mí me agarran y me cuelgan, yo inmediatamente digo que tú también estabas metido para que me acompañés en la colgada.”
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Se intensifica el alzamiento
El 17 o 18 llegó a verme a mi oficina el Coronel Armando Velásquez, a quien recientemente habían permitido entrar de El Salvador a decirme que había que hacer algo para cambiar de gobierno. Yo le contesté que yo no me metía en esas cosas, por lo que noté que se fue muy desilusionado. En la noche que les conté a Caraccioli, a Nick y a Bobby de la visita, me dijeron: “Cuidado, no lo vuelvas a recibir, porque lo tienen bien vigilado”. Les dije, “yo no lo invité, él llegó por su propia iniciativa y, por supuesto, no lo volvería a recibir”.
Creo que fue el domingo 14 de octubre que Bobby y el Coronel Héctor Caraccioli viajaron a Washington para, de alguna manera, hacer del conocimiento del Departamento de Estado de aquel Gobierno, la intención y propósitos que teníamos. Cuando regresaron, nos dijeron que los Funcionarios del Departamento de Estado, con quienes se habían entrevistado, les habían dicho que ellos no se entrometían en esos asuntos, pero que al despedirse de los mismos, les habían dicho “good luck”, o sea buena suerte, lo que ellos y nosotros interpretamos es que querían decir que lo miraban con buenos ojos.
A su regreso, y estando más seguros que se llevaría a cabo la operación, empezamos a reunirnos todos las noches. Acordamos que los militares, o sea Caraccioli y Escalón, se pondrían en contacto con el General Roque J. Rodríguez, que era el Jefe de la Policía, para informarle lo que se plane- aba e invitarlo a acompañarnos.
Empezamos a hablar de la formación del Gabinete que acompañaría a la Junta Militar que gobernaría temporalmente al país. Me acuerdo que Bobby, Caraccioli y Nick me ofrecieron la cartera de Finanzas y yo les dije que no, que creía que no estaba preparado para ello y me preguntaron que a quién recomendaría. Les dije, sin vacilar, que a don Gabriel Mejía, que era, o había sido Director del Impuesto Sobre La Renta y no sé si Ministro en tiempo del gobierno del Doctor Gálvez.
Debe de haber sido el jueves 18 que nos informaron que el General Rodríguez había aceptado formar parte del golpe de estado, lo que casi nos garantizaba que ya no habría ninguna confrontación entre el ejército y la policía.
El viernes en la noche sí ya entramos en mayores detalles sobre la operación militar, y me acuerdo que quedamos en que los aviones de la Fuerza Aérea, a partir del día sábado, estarían dispersos sobre el campo de Toncontín y de la Fuerza Aérea, para evitar que los “punponeros”, como se llamaba a los que habían apoyado el fraude electoral, si se daban cuenta de la intención del golpe de estado, fueran a tirarles bombas.
En esos últimos días yo estaba tan nervioso que quería que alguien en quien yo confiaba me acompañara. General- mente, el Capitán Armando San Martín llegaba a la casa a almorzar dos o tres veces por semana. El me notó algo nervio- so y me preguntó qué que me pasaba. Yo le dije, es algo muy delicado que le quería compartir por si quería acompañar- nos. Solo me dijo “yo no, porque estoy enamorado,” --como efectivamente lo estaba, de la que llegó a ser su esposa—“y que no quería que lo distrajeran”.
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La víspera
El día sábado 20 le dije a mi señora que fuéramos por Toncontín para ver si los aviones de la Fuerza Aérea estaban dispersos como habíamos quedado y, efectivamente, si lo esta- ban. Eso me alegró mucho.
Al regresar a la casa tenía una llamada urgente de Bobby. Cuando le contesté me dijo: “Mirá Jorge, urge que nos veamos porque creo que a don Julio ya le informaron de lo que estamos tratando de hacer.” Inmediatamente nos fuimos con mi señora para la casa de Bobby y estaban él con Lucía Cristina esperándonos. Me explicó que creía que sabían que habíamos acordado formar una Junta Militar compuesta por el Coronel Héctor Caraccioli, el General Rodríguez y el Coronel Raúl Flores Gómez, que había sido gran colaborador del gobierno del Doctor Gálvez, pero que estaba en San Pedro Sula, por lo que a las 5 de la mañana saldría un avión con una comisión a avisarle lo dispuesto y que se viniera a Tegucigalpa, ya que había peligro que don Julio, o los partidarios de él, fueran a complicar la situación y que habría violencia, aunque según le habían informado a Bobby, don Julio había dicho que él renunciaría.
Hablamos por radio con los Coroneles Caraccioli y Escalón y quedamos de irnos inmediatamente a la Fuerza Aérea para decidir finalmente lo que haríamos. Eso hicimos y me acuerdo que cuando habíamos salido de la casa de Bobby, por cierto que ya estábamos en la camioneta que era de mi suegra, doña Juanita Bonilla de Callejas, en que iríamos a la Fuerza Aérea, Lucía Cristina y Mercy, mi señora, bajaron rápidamente con una caja de cartón con agarradera de metal que usaban las tiendas y almacenes americanos para entregar ropa a los clientes que la habían comprado y se la dieron a Bobby. Le dije “qué es eso Bobby” y me dijo “una metralleta”. Le dije “¿para qué Bobby? Si nos van a capturar, te imaginás el tiempo que vamos a tomar para sacarla de esa caja.” Nos fuimos ya que nos estaban esperando Caraccioli y Escalón. Ellos nos informaron de la situación. Los 4 nos pusimos de acuerdo en que para evitar violencia y muertes ten- dría que hacerse la operación al día siguiente, domingo, 21 de octubre, a las 6 de la mañana, como habíamos acordado desde antes, pues de otra manera corríamos peligro que los “punpuneros” organizaran una resistencia y podrían haber muertos.
De allí se le habló al Coronel Flores Carias, Jefe del Primer Batallón de Infantería. Cuando llegó, como estaba medio lloviznando, andaba con un capote que, como él era bajito, le llegaba a los tobillos. Cuando le comunicamos lo que pensábamos hacer, noté con entusiasmo que él estaba de acuerdo.
Se llamó al General Rodríguez y allí mismo se acordó proceder de inmediato. Me acuerdo que una de las señales que llevarían los vehículos y los jefes de las tropas que participarían en el golpe de estado era una tira blanca. Allí mismo empezaron los militares a romper las sábanas de las camas --pues, estábamos reunidos en un dormitorio, en el cual habían dos camas-- para hacer las tiras o cintas.
Como a las 11 que sentí ganas de salir de la pieza en que estábamos al corredor que como estaba en un segundo piso, había una, baranda y cuando me apoyé en ella para descansar un poco, se me acercó el Piloto de Aviación, Capitán Emilio Castro, hijo de quien había sido el Sub-Director del Colegio Álvaro Contreras, donde yo estudié secundaria, y me preguntó qué habíamos decidido. Le contesté que el golpe se daría al día siguiente, a las seis de la mañana y me dijo: “Vaya, al fin, eso me alegra mucho porque tenemos 3 días de estar encerrados sin permiso de salir y ya estábamos nerviosos. Nos alegramos que hayan tomado esa decisión.”
En esa reunión también estaba el Doctor Abraham Riera, que era el Doctor de la Fuerza Aérea, que también apoyaba decididamente nuestra operación.
Tengo presente que cuando ya habíamos decidido hacer los preparativos, les pedí que por un momento me permitieran hacer unas reflexiones. Me acuerdo que las principié diciéndoles: “Mañana haremos historia. Ojalá que sea historia de la buena y no de la mala.” Y empecé a hablarles sobre los principios de democracia, de unión y bienestar del pueblo, de honestidad, de la necesidad de mejorar la educación, en fin, de los valores morales que Bobby y yo compartíamos. Llegó un momento en que Escalón me dijo: “Mirá, Jorge, estamos enterados de todo y estamos de acuerdo, pero acuérdate que mañana a las 6 tenemos que empezar la operación y tenemos que descansar aunque sea unas 3 o 4 horas. “De acuerdo,” le dije.
Al rato Bobby y yo decidimos despedirnos y cuando veníamos en la camioneta para nuestras casas, el Doctor Rivera se nos vino atrás en un jeep y con soldados armados. Nos bajamos a preguntarle qué que pasaba y nos dijo: “Ya ustedes son unos de los nuestros y tenemos que protegerlos.”
Antes quiero decir que esa noche que llegábamos a la Fuerza Aérea, al subir la escalera que conducía al segundo piso del edificio, de madera, por cierto, estaba Oswaldo López Arellano, no recuerdo si era Mayor o Coronel, pero que era Jefe de la Infantería de Aviación y allí nos lo presentaron. Platicamos con él rápidamente de lo que pensábamos hacer. Así conocí a Oswaldo.
Fui a dejar a Bobby a su casa y a recoger a mi señora para irnos a la casa donde vivíamos, que era la casa de mi suegra, doña Juanita Bonilla de Callejas, que estaba muy nerviosa esperando porqué no regresábamos su hija y yo. Al entrar en su cuarto para hacerle saber que habíamos llegado, me preguntó: “Jorge, de donde viene, ¿qué pasa?. Le dije: “Doña Juanita, ¿Puede usted guardar un secreto de estado?” Y ella me contestó: “Claro que sí. Soy hija de Policarpo Bonilla y esposa de Venancio Callejas”. Entonces le conté lo que íbamos a hacer y ella estuvo de acuerdo y nos deseó buena suerte.
9
El día del golpe
Nos fuimos a acostar, pero como mi señora y yo estábamos nerviosos, a las 5 de la mañana ya me había despertado y preparado para ir al Cuartel de las Fuerzas Armadas, frente al Obelisco, en Comayagüela, donde habíamos quedado en reunirnos después de iniciada la operación militar. Bobby había quedado de pasar por mí. Antes de las 6 de la mañana yo me subí a la azotea que tenía la cocina de la casa de doña Juanita, desde donde yo quería ver los primeros aviones que volarían sobre Tegucigalpa. Efectivamente, a las 6 de la mañana en punto apareció el primer avión y me dije: “vaya, la suerte está echada y que Dios nos acompañe” y lo mismo le dije a mi señora.
Cuando los aviones tendrían unos 10 minutos de estar volando sobre Tegucigalpa, le hablé al Capitán San Martín, que estaba desayunando en un hotel que quedaba al frente del edificio de lo que hoy es HONDUTEL, en el centro de Tegucigalpa y le pregunté “¿Que está pasando con estos aviones volando sobre Tegucigalpa?” Me contestó: “No sé, pero si he notado que un grupo de militares se han tomado el edificio de la Dirección de Teléfonos y Telégrafo.” El notó algo en mis palabras y me dijo: “Yo creo que vos sabés algo” Yo le contesté: “Si, mi Capitán, véngase a mi casa y le voy a in- formar a usted.” Como a los 10 minutos llegó y le conté en lo que estábamos metidos Bobby y yo y le dije que si quería acompañarnos, ya que era amigo de nosotros dos. Inmediatamente me contestó que sí. Unos minutos más tarde llegó Bobby en un jeep, que ya llevaba las tiras blancas colgando, para que nos fuéramos. Cuando subimos con el Capitán San Martín, Bobby se alegró mucho de que él nos acompañaría.
Habíamos quedado la noche anterior, también, de recoger al Abogado Roberto Ramírez para que se fuera con nosotros al Cuartel de CASAMATA, frente al Obelisco, en Comayagüela y de allí nos fuimos a buscarlo.
Tengo presente que estaba fuera de su casa, que quedaba esquina opuesta del Parque Herrera, con otra gente alrededor, viendo hacia arriba y al vernos nos preguntó el por qué andaban esos aviones volando, como para hacerle creer a la gente que él no sabía nada. Le dijimos: “Mirá, Roberto, ya sabés de que se trata y urge que nos vayamos, que nos están esperando, así que subite al jeep ligero y nos vamos”.
Efectivamente, llegamos al Cuartel Casa Mata en Comayagüela. Allí estaban varios oficiales militares. No me acuerdo si el que comandaba la reunión en ese momento era Caraccioli o Escalón. Uno de ellos se había quedado en Toncontín para lo de la operación de los aviones. Allí nos tienen la noticia de que todo estaba saliendo conforme a lo planeado; que las tropas del Primer Batallón habían rodeado la Penitenciaría Central y el Cuartel San Francisco; los Oficiales de la Policía estaban de acuerdo con la operación y participaban en guardar el orden y evitar violencia en la capital.
Nos informaron que, tal como se había planificado, a la 5 de la mañana había salido un avión para San Pedro Sula a traer al Coronel Flores Gómez que, como dije antes, queríamos que fuera parte de la Junta Militar de Gobierno.
Cuando se le comunicó la noticia de que formaría parte de la Junta Militar, él había consultado con el Expresidente Gálvez, que estaba en esos momentos en San Pedro Sula, y le recomendó que no la aceptara, por lo cual, allí mismo, decidimos que fuera el Mayor Roberto Gálvez Barnes el miembro de la Junta Militar de Gobierno, que quedaría formada por los siguientes Oficiales: El Coronel Héctor Caraccioli, el Mayor de Aviación Roberto Gálvez Barnes y el General Roque J. Rodríguez. Estábamos constantemente pendientes sobre la marcha de la operación.
Como todo estaba desarrollándose de acuerdo a lo planificado, se acordó ir llamando a los presuntos miembros que serían del Gabinete de Gobierno. El primero al que se acordó llamar fue a don Gabriel Mejía. Para hacerlo se le pidió al Capitán San Martín y a otra persona que fueran a comunicarle nuestra solicitud y deseo. Afortunadamente él aceptó y como a la media hora o 40 minutos ya estaba con nosotros en el Cuartel donde estábamos reunidos.
Allí se decidió que el Abogado Roberto Ramírez y don Gabriel Mejía fueran a comunicarle oficialmente a don Julio Lozano la operación militar y a pedirle que renunciara, para evitar violencia y hacer pacíficamente la transición del Gobierno. Al rato nos comunicaron que, efectivamente, don Julio
había renunciado y que todo estaba marchando según lo acordado, por lo que tendríamos que empezar a hacer los preparativos para que la Junta Militar asumiera las funciones del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo del Gobierno. Así se hizo y en el pueblo de Tegucigalpa había un gran regocijo y grandes celebraciones por lo sucedido, como lo pudimos comprobar Bobby y yo cuando veníamos a nuestras casas, como a las 3 de la tarde, para ver a nuestras señoras y comunicarles que todo andaba bien.
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El Gabinete del Gobierno
Naturalmente, se empezó a llamar a las personas que serían los Ministros de este Gobierno y hacerles la solicitud de acompañar a la Junta de Gobierno como Ministros. Todos los escogidos, sin excepción, aceptaron los cargos que se les ofrecieron.
Me acuerdo que como a eso de las 5 de la tarde llegó al Cuartel, a ofrecer su colaboración, el Licenciado Andrés Alvarado Puerto, con traje de campo y botas todas enloda- das porque venía de su plantación de algodón que tenía en la propiedad de mi suegra, en el municipio de Morocelí, en donde él había construido unas casas para sus trabajadores en una aldea que allí existía, y que como él había estudiado en México, la nombró “Guadalajara”, como así se llama.
Así como llegó el Licenciado Alvarado Puerto, llegaban otras muchas personas a felicitar a los Militares y a ofrecer su apoyo y colaboración.
Como los Militares tenían que estar constantemente en contacto con las diferentes unidades en el resto del país y Bobby, como ya formaba parte de la Junta de Gobierno, tenía que ayudar a tomar las decisiones correspondientes, a mí se me recomendó preparar el lugar donde esa misma noche se reuniría el primer Consejo de Ministros.
Cuando estaba en esos preparativos y buscando los escritorios y las sillas para la reunión, no sé porque razón había llegado a otra oficina distante a la que estaban los Oficiales Militares, la persona conocida como Pocho Morazán, que era uno de los principales dirigentes de los “punpun- eros”, que habían dirigido y manipulado las elecciones en donde habían electo Presidente de la República a don Julio y a los Diputados propuestos por el Partido de los Punpuneros. Cuando nos encontramos, recuerdo que se sacó una pistola y me la puso en el abdomen y me dijo: “Usted es un traidor”. Le contesté más o menos lo siguiente: “Mire Pocho, yo le advertí a don Julio que si me quedaba en el Gobierno era para luchar contra ustedes, que querían llevarlo a una dictadura y mi principal lealtad es hacia el país y no a persona alguna. Así que no me arrepiento de lo hecho y con Roberto Gálvez fuimos los que originalmente tuvimos la idea de este movimiento.”
Al oír mi respuesta calma, pero firme, y saber que el hijo del Expresidente Gálvez participaba, bajó la pistola y dio la vuelta y se fue.
Así que ya habíamos arreglado el local y estaban sentados los miembros de la Junta y los Ministros nombrados, yo me iba retirando de la sala y cuando eso vio el Coronel Caraccioli me llamó y me preguntó que porqué me iba y le contesté “Porque esta es una reunión del Consejo de Ministros y yo no soy Ministro” y él contestó. “Si tú eres de los nuestros; tenés que acompañarnos.” En ese momento alguien —creo que fue Bobby— dijo: “Nombrémosle Ministro Sin Cartera” en lo que todos estuvieron de acuerdo. Les dije: “Así si me quedo”. Por eso participé en esa primera reunión —y en casi todas después— del Consejo de Ministros de la Junta Militar de Gobierno, en las cuales siempre se tomaban decisiones pensando en el bien de Honduras, en la unión del pueblo hondureño y en establecer el sistema democrático en el país. También, entre las primeras resoluciones fue disolver el supuesto Congreso, que no me acuerdo como lo llamaban.
Otra decisión que se tomó fue que volvieran los exiliados, especialmente el Doctor Ramón Villeda Morales y don Oscar Flores Midence y algunos de sus amigos y acompañantes que estaban en Costa Rica. Asimismo, que se liberaran de inmediato a todos los presos políticos.
En la proclama que hizo pública la Junta de Gobierno, el mismo día de su formación y pasar a gobernar, se aseguraba al pueblo que se garantizarían elecciones libres para todas las autoridades civiles tan pronto como fuera posible, como efectivamente se celebraron, creo que el 21 de septiembre de 1957, para una Asamblea Nacional Constituyente, en la cual los Diputados Liberales tuvieron mayoría.
En la redacción de esa proclama participaron, principalmente, por el lado militar, los Coroneles Caraccioli y Es- calón, Jefe y Sub-Jefe de la Fuerza Aérea del país el Mayor Gálvez Barnes y por el lado civil, el Licenciado Roberto Ramírez, el Abogado Martínez Agustinus y uno o dos Abogados más, de cuyos nombres no me acuerdo y otros de nosotros. Me acuerdo que el primero que le dio lectura por la radio, fue el locutor Gustavo Acosta Mejía, más conocido, en aquel entonces, como “El Pelón Acosta”.
Me permito a continuación dar a conocer dicha Proclama, para que se vea que clase de militares eran el Coronel Héctor Caraccioli y el Mayor Roberto Gálvez Barnes, que formaban parte de la Junta Militar de Gobierno y el Coronel Armando Escalón, quien había participado en la dirección y con quienes habíamos planificado y llevado a cabo el golpe de estado.
PROCLAMA DE LAS FFAA DE HONDURAS
“Con fe inquebrantable en el destino de la nación, hacia la reivindicación de los derechos del pueblo y hacia el respeto a las instituciones de la República; con la esperanza y la con- fianza de que este hecho decisivo logrará el abrazo de todos los hondureños, estableciéndose un orden de tranquilidad y progreso, en el que participen todas las clases sociales y to- dos los sectores de la opinión del País; con la decisión firme de militares fieles a Honduras por sobre todo, en esta hora de crisis, en que parecía haberse perdido toda idea de respeto a la ley y a las instituciones públicas, las Fuerzas Armadas de Honduras, inspiradas por el ineludible cumplimiento de su deber, no podían permanecer indiferentes a las aspiraciones del Pueblo Hondureño, deseoso de reintegrarse a un régimen de orden, de tranquilidad y de derecho.
Fieles a estos sentimientos y deberes, las Fuerzas Armadas de Honduras proclaman a toda la nación, que su único y esencial propósito es el de procurar que el país vuelva a la normalidad constitucional, y que todos los hondureños, en forma cívica y patriótica, cooperen al logro de este objetivo. Alcanzada esta finalidad, por nuestro honor de militares, prometemos entregar el gobierno a un elemento civil de extracción auténticamente popular. En consecuencia, sólo permaneceremos en el Poder por el tiempo que el criterio democrático aconseje y el interés nacional exija.
Para salvar a un pueblo en las grandes crisis, se requiere fe en los que ansían su liberación y renovación, esperanza en la voluntad de la ciudadanía y responsabilidad en los que gobiernan.
Con nuestra mirada puesta en la grandeza de Honduras y con nuestra devoción de servirla, intentaremos gobernarla democráticamente, con la colaboración de todos los hondureños de buena voluntad.
El anhelo supremo de las Fuerzas Armadas de Honduras es el del retorno del país a la normalidad constitucional. Tegucigalpa MDC 21 de octubre de 1956 Junta Militar de Gobierno.”
La Junta Militar de Gobierno nombró como Secretario de la misma al Teniente Coronel Roberto Palma Gálvez y consejeros o asesores a Don Nick Agurcia –que había participado en la planificación del Golpe de Estado— y a don Juan B. Valladares.
Como a la semana de haber regresado el Doctor Villeda Morales, me pidió que fuera a su casa y me preguntó cómo se habían desarrollado los eventos que habían llevado a la Junta Militar al Gobierno. Le conté en lo que yo había participado, de lo que tenía conocimiento. Me acuerdo que él me dijo: “Jorge, usted me está diciendo la verdad. Aquí han venido varias personas a contarme cosas que por lo que usted me dice, no son ciertas”. Le contesté: “Doctor, yo le cuento en lo que participé y tengo conocimiento directo.”
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Gestión del nuevo Gobierno
Al Gobierno de la Junta Militar le tocó enfrentar el problema creado por las fuerzas militares nicaragüenses, al avanzar dentro de nuestro territorio hasta llegar al Río Mocorón. Después de rechazarlas, a solicitud del Gobierno de la Junta, por medio del Abogado Jorge Fidel Durón, Ministro de RR.EE, los dos Gobiernos --de Honduras y Nicaragua--decidieron someter a la consideración de la Corte Internacional de Justicia la validez del Laudo del Rey de España que fijaba el Río Segovia como límite entre los dos países, que Nicaragua no lo había aceptado.
Afortunadamente, esta decisión llevó a que el 18 de noviembre de 1960 la Corte fallara a favor de Honduras y así se resolvió el conflicto que por años había distanciado a ambos países.
Entre otras decisiones que tomó el Gobierno de la Junta Militar y tomando en consideración que mejorar la educación primaria era esencial para el progreso de Honduras, acordó que el Gobierno Central asumiera el pago de los maestros de las escuelas públicas primarias en todo el país, que hasta entonces, había sido responsabilidad de las municipalidades, algunas tan pobres que casi no podían pa- gar los bajos sueldos de los maestros en sus comunidades y aldeas; asimismo, fijó un salario mínimo para los profesores y profesoras que sirvieran las clases en las escuelas primarias, no importaba si fuera en las ciudades o aldeas, se les pagaría, por lo menos, ese salario mínimo.
También creó la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán, para mejorar la preparación del profesorado que servirían en las escuelas primarias y secundarias de Honduras. Le otorgó la autonomía a la Universidad de Honduras, que pasó a llamarse Universidad Nacional Autónoma de Honduras.
Todo esto, como dije antes, para apresurar y mejorar la educación, en Honduras, pues estábamos conscientes, que sólo así progresaría más rápidamente el país, económica y socialmente.
También emitió un decreto para que los diputados de cada departamento se distribuyeran de acuerdo a los votos que obtuvieran cada partido político. (Recordemos, que a esa fecha sólo existían dos Partidos Políticos: el Partido Nacional y El Partido Liberal. Según la Ley anterior, el partido que lograba la mayoría de votos en un departamento, ga- naba, también todos los diputados por ese departamento) se consideró justo que, pues, de alguna manera, todos los votantes estuvieran representados en el Congreso Nacional.
También, ratificó en sus cargos al Abogado Roberto Ramírez y al P.M. Tomás Cálix Moncada, como Presidente y Vicepresidente, respectivamente del Banco Central, ya que sus nombramientos vencían el 30 de junio de 1957.
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Intrigas de Gobierno
En un determinado momento Bobby supo que algunos Jefes Militares, a espaldas de él y sin su conocimiento, esta- ban negociando con algunos líderes liberales --entre ellos él suponía que estaba el Doctor Villeda Morales-- para permitir que la Asamblea Nacional Constituyente lo eligiera Presiden- te de la República, y no ir a elecciones directas, a cambio de darles ciertos privilegios a las Fuerzas Armadas, Bobby me invitó que fuéramos a ver al Doctor Villeda Morales para hacerle ver que eso no era conveniente para el país.
Efectivamente, nos recibió y Bobby le expuso más o menos lo siguiente: Que no era conveniente que se creara un “Partido Verde”, --fueron sus palabras-- refiriéndose a que las Fuerzas Armadas, que usaban uniformes verdes, intervinieran en política. Que mejor fuéramos a elecciones, que él, Bob- by, estaba seguro que serían libres y que el Doctor las ganaría con amplia mayoría. Que así su presidencia dependería de la voluntad del pueblo y no de un arreglo con algunos jefes militares. Que eso no le convenía al país.
El Doctor me preguntó: “Jorge ¿y usted qué dice?. Le contesté que estaba de acuerdo del todo con Bobby. Que yo creía que su presidencia la tenía asegurada, ya que la Junta garantizaría que las elecciones fueran libres, y que era mejor que viniera de la voluntad de los civiles y no de la voluntad de algunos Jefes Militares. Que éstos debieran estar subordinados a las autoridades libremente electas. Nos contestó que iba a pensarlo y a consultar con algotros líderes liberales, algunos de ellos Diputados a la Asamblea Nacional Constituyente.
Una o dos semanas después, y que Bobby supiera que seguían las negociaciones de algunos jefes militares –a sus espaldas y sin su conocimiento-- con líderes liberales, Bobby me invitó que fuéramos nuevamente a visitar al Doctor Villeda Morales a su casa. En esa visita, Bobby fue más vehemente que en la primera visita, haciéndole ver al Doctor que él tenía asegurada la presidencia de la República y que ésta no dependiera de arreglos con algunos jefes militares. Que por el bien del país se lo pedía, en todo lo cual yo estuve de acuerdo. De nuevo, el Doctor Villeda Morales nos dijo que lo iba a pensar y a consultar con algotros líderes liberales, que eran los que estaban en pláticas con los militares.
Poco tiempo después, que se supo que los dirigentes liberales habían negociado con jefes militares que a cambio de aceptar que la Asamblea Nacional Constituyente declarara al Doctor Ramón Villeda Morales como Presidente electo de la República, les darían cierto grado de autonomía y de menos dependencia de las autoridades civiles, Bobby me dijo que iba a renunciar de ser miembro de la Junta Militar, que todo lo habían hecho a sus espaldas y que eso no le con- venía a la democracia del país, ni al futuro de éste.
Yo comprendí que Bobby tenía razón, pero a su vez me puso en un problema, porque desde un principio habíamos quedado en que renunciaríamos juntos Después de pensarlo bien y consultar con mi señora, con mi familia y con Bobby, decidí no renunciar para que por lo menos uno de los dos quedara siendo miembro del nuevo Gobierno de la Junta Militar. Así me quedé siempre como Ministro sin Cartera, sin imaginarme que pocos días después el Doctor Villeda Morales me pidiera que formara parte de su Gabinete, también como Ministro sin Cartera, que después de consultarlo con mi señora y familia y aún con Bobby y mis hermanos, para que alguien de los civiles que habíamos acompañado y dirigido a los militares, en la destitución de don Julio Lozano, quedara en el Gobierno del Doctor Villeda Morales, acepté, de tal manera que en la ceremonia de la toma de la presidencia de la República, entré a ella como parte del Gobierno saliente y salí como parte del Gabinete del Gobierno entrante.
Siempre seguimos siendo muy amigos con el Ingenie- ro Gálvez Barnes, con quien nos veíamos frecuentemente, y si yo hubiera sido electo Presidente de la Republica en 1971, él hubiera sido uno de mis más cercanos asesores y colaboradores. Lástima, porque en mi opinión, otra hubiera sido la historia de Honduras, por los valores y principios morales, sobre todo de honestidad y de servicio, que Bobby (cuya prematura muerte me causó mucho dolor) y yo sosteníamos —y todavía sostengo—, y de unión del pueblo hondureño, que nos habían llevado a decidir el cambio del Gobierno para crear la Junta Militar que gobernaría al país por varios meses.
EPÍLOGO
Quiero aquí traer a mi recuerdo la última vez que platiqué con el Coronel Armando Escalón, a quien yo siempre apreciaba y respetaba y reconocía sus méritos como Militar y como persona, pero que, desgraciadamente, malos compañeros y malos amigos lo convencieron que participara en el golpe de estado que derrocó al gobierno del Doctor Ramón Villeda Morales, y lo mal que le fue por haberlo hecho.
Principiaré por recordar que en una reunión que el Presidente Villeda Morales tuvo a fines de septiembre de 1963 con el Presidente de Nicaragua, en un lugar fronterizo entre ambos países, que, por haberse estrechado las manos ambos Presidentes, el Doctor Villeda Morales decidió que se le llamara “Las Manos”. En dicha reunión creo que el Coronel Escalón había conducido el avión presidencial. Al terminar de almorzar, le pedí a Escalón que quería platicar con él, por lo cual nos apartamos del grupo y le dije más o menos lo siguiente: “Mirá Armando --como lo llamaba en confianza-- anda el rumor que ustedes de las Fuerzas Armadas quieren dar un golpe de estado. No lo vayan a hacer. Sería romper el orden constitucional y destruir todo los esfuerzos que hemos venido haciendo para unir a este pueblo, para que pacífica- mente prosperemos económica y socialmente, como hemos venido sosteniendo tú y yo desde hace años. Modesto no es tan fiero, como lo pintan.” Esto último se lo dije porque se alegaba que el motivo para dar el golpe de estado era el Licenciado Modesto Rodas Alvarado, candidato por el Partido Liberal a la Presidencia de la República, en las elecciones que se celebrarían en la segunda quincena de ese mes de octubre, iba a perseguir y hasta encarcelar o a expulsar a muchos dirigentes del Partido Nacional y que era enemigo de las Fuerzas Armadas. “Por favor Armando, no lo vayan a hacer” le repetí. “Perjudicarían al país enormemente”. El me aseguró que no era cierto. Que no estaban pensando en un golpe de estado. Pero noté que me hablaba de una manera algo vacilante, contrario a como acostumbraba hacerlo cuando nos reuníamos por cualquier evento y, a veces, nos tomábamos algunos tragos juntos, unas dos o tres veces en el bar de la Fuerza Aérea.
Además, tras de él estaba el piloto de helicóptero, de apellido Theresin, y noté que al oírnos, como decimos popularmente, pelaba los ojos y lo veía nervioso. El Coronel Escalón volvió a asegurarme que no estaban preparando un golpe de estado y nos separamos.
El golpe de estado lo dieron el 3 de octubre de 1963. Yo no volví a ver a Escalón hasta después que lo habían destituido como Jefe de la Fuerza Aérea. Supe que estaba en una finca, cerca de la Aldea Guayabillas, antes de llegar a Ojo de Agua, en el Departamento de El Paraíso. Yo no le había avisado que llegaría a verlo, por lo que me recibió en camiseta y con una barba de varios días. Se miraba “descuidado”, como decimos popularmente.
Sentí que me recibía con cierta alegría. Nos sentamos y empezamos a platicar y al rato me dijo: “tomémonos un trago” (fueron dos o tres) y tomó una botella de whisky que ya tenía medio empezada. Me dijo: “Jorge, a mí me sacaron de la Fuerza Aérea por ti.” Por supuesto, eso me sorprendió grandemente y le pregunté “¿Cómo fue eso?” y me empezó a relatar más o menos lo siguiente: “Cuando dimos el golpe de estado, tú estabas en Washington —como efectivamente era cierto— y de allá renunciaste al cargo de Ministro de Economía y Hacienda”, lo cual también era cierto que lo hice al día siguiente del golpe. Y continuó “Cuando supimos que tú regresabas y que estabas desde allá haciendo gestiones para organizar alguna oposición al nuevo gobierno, yo les dije que estaba seguro que lo harías, pero que tú no eras partidario de la violencia y que te dejáramos actuar. En eso quedamos. Por eso, cuando a ti te detuvieron y te llevaron preso a la policía (lo cual era cierto. Me detuvieron cuando yo iba a entrar a la que había sido mi oficina en el Ministerio de Economía y Hacienda, a sacar algunos objetos personales y después tenía la intención de asistir ese día a una misa que se celebraría en memoria del Presidente Kennedy, reciente- mente asesinado.) “Yo me fui a la Casa Presidencial a reclamar porqué te habían hecho preso y me encontré a Ricardo Zúniga. Lo agarré del cuello y lo puse contra la pared y le dije: “Mirá hijo de p…”, (fueron sus palabras), habíamos quedado en que a Jorge no se le haría nada y que ordenara inmediatamente que te liberaran. Con voz de miedo me contestó que sí, y lo cual hizo rápidamente bajo mi vigilancia. Desde entonces, Jorge, Ricardo empezó a conspirar contra mí, hasta que un día que yo llegué a la Fuerza Aérea los centinelas no me dejaron entrar y me dijeron que por órdenes superiores yo estaba destituido.” Cuando me lo contó, sentí que estaba triste y resentido con sus compañeros, especialmente con López, como él llamaba al Coronel Oswaldo López Arellano, y con Ricardo Zúniga.
Al oír todo eso, a mí me dio más tristeza, además de la que había sentido al ver aquel día la apariencia del Coronel Armando Escalón.
Por supuesto que le expresé que sinceramente sentía que mi persona y la amistad que teníamos --aunque no lo había vuelto a ver después del golpe de estado-- le hubieran causado su salida.
Escalón había sido un militar honrado, orgulloso y respetuoso de su carrera hasta que, creo que temporalmente, le hicieron salirse de sus casillas con las tentaciones y falsos argumentos de algunos malos compañeros y malos civiles, lo convencieron que dejara sus principios democráticos y morales.
El salió relativamente pobre y en los meses que estuvo deprimido y sin trabajo se gastó los ahorros que tenía y se vio obligado a buscar trabajo. Así empezó a volar aviones de pasajeros entre la Costa Norte y Tegucigalpa de una nueva compañía, en la cual no sé si era socio, pero que se vio que no le daba el adecuado mantenimiento a sus aviones y murió piloteando un avión que se estrelló en unos cerros cerca de Toncontín, en un viaje creo que entre La Ceiba y Tegucigalpa.
Así terminó la vida de alguien que había sido, en casi toda su vida, una buena y magnífica persona y militar.
Su muerte me dolió mucho, como lo siento ahora que estoy escribiendo estas notas. Pero que sirva de lección a los buenos militares que no se dejen convencer por malas personas para que usen la fuerza que les proporcionan las armas que les da el pueblo, para que violen sus principios de honor y de lealtad a la Constitución de la República, la cual ellos juran cumplir y proteger. La carrera militar es de honor y sacrificio y deben sentirse orgullosos de ser militares correctos.

