
Roberto Gálvez Barnes
Juan Ramón Martínez
Roberto Gálvez Barnes
por Juan Ramón Martínez
Era una personalidad en la que fácilmente se podía observar, dignidad extraordinaria, humildad en relación con los demás y firmeza en los principios. Desde que le ví por primera vez, en una de tantas reuniones sociales y de trabajo, supe que Roberto Galvez Barnes no era un hombre común o corriente, sino que una personalidad interesante y sugerente. Por ello, sin ánimo de coleccionar amistades o palancas para el logro de objetivos materialistas, sentí placer inmenso de estar a su lado para escucharle hablar sobre sus actividades gubernamentales y fundamentalmente, sobre su visión intelectual sobre las cosas, los problemas nacionales.
Conversamos con Roberto Gálvez muchas veces. Aunque me invitó junto a su esposa, a que fuese a su casa para, alrededor de una taza de café, “arreglar el mundo”, las actividades profesionales y en el trabajo por el diario vivir, me impidieron ese gusto. Por eso ahora, en vez de diálogo que siempre deseamos los dos, ante su silencio definitivo, sólo me queda la oportunidad de este monólogo en que, sólo con mis recuerdos, en la tibieza de mi estudio, reconstruyo su figura y poco a poco, ordeno su trayectoria excepcional al servicio de la sociedad hondureña.
Roberto era un hombre alto, delgado y de hablar suave y pausado. Casi nunca le escuché levantar la voz o imprecar a alguien. Apenas una vez, en que César A. Batres le dijo en broma que era, igual que otros, un golpista, le ví alterarse discretamente para pedirle a continuación a su entrañable amigo, que no le comparara con López y con otros militares que habían levantado las armas para violar la Constitución y comprometer la imagen de la institución militar. Quienes estábamos alrededor, entendimos —de un sólo golpe— que la distancia entre un hombre como Roberto Gálvez y otros que se le parecían, por títulos o por las vestiduras, era inmensamente grande.
Gálvez Barnes fue, ademas, un hombre de serios compromisos patrióticos y de obligados homenajes a su palabra, conceptos y promesas. Cuando participó en el movimiento militar para devolver Honduras al “estado de derecho”, lo hizo con la convicción que era necesario no sólo cambiar a un grupo por otro, sino que inaugurar un nuevo estilo de gobernar a Honduras. Por ello, resistió con honor —y la historia le dio la razón— a la propuesta que Asamblea Nacional Constituyente debía elegir al presidente de la República una vez que los liberales controlaban, por decisión mayoritaria del pueblo hondureño, ese alto poder del Estado. Y cuando los liberales pactaron con las emergentes Fuerzas Armadas, en virtud de la cual éstas deshonrarían su promesa contenida en la proclama justificadora del movimiento en contra de la dictadura de Lozano Díaz, y se conseguía por ese medio que Villeda Morales accediera a la Presidencia de la República mediante una elección de segundo grado, Gálvez Barnes interpuso su renuncia como miembro de la Junta Militar de Gobierno. Y se fue para su casa, a atender a sus negocios y a criar a sus hijos, con calma y estudiada dignidad.
Los hechos posteriores le dieron la razón. Fue un error no realizar unas nuevas elecciones libres y honestas como las que habían ganado los liberales para integrar la Asamblea Nacional Constituyente. Así como también, fue un error político de indudables efectos negativos, el que a cambio, los liberales hayan entregado una desmesurada autonomía a las Fuerzas Armadas que ahora, no hayamos como deshacernos de ella, sin violentar las costumbres de los más aletargados; ofender la dignidad de los que todavía creen en la superioridad de unos hondureños con respecto a otros.
A mi me conquistó mucho Roberto con sus visiones históricas, especialmente las referidas a los períodos de Paz Barahona y Mejía Colindres. Acostumbrado a relacionarme con políticos que exhiben con orgullo su ignorancia, era una fiesta para el espíritu hablar con Gálvez Barnes sobre las decisiones que habían sido bien tomadas; o criticas los errores que nos condenaron a la pobreza y al desprestigio internacional. Una vez, con Alvarez Romero, los tres miembros de la Comisión con la que se honrara el Bicentenario del Nacimiento de Francisco Morazán, hicimos una rica y fecunda conversación sobre moralidad y compromiso político. Sin ninguna dificultad —y mientras el autobús nos conducía raudos desde Santa Cruz de Yojoa a Tegucigalpa— coincidimos plenamente en la falta que desde siempre ha tenido Honduras de una clase política honrada, con sentido de nacionalidad y suficiente compromiso con el control sobre el aspecto gubernativo de la nación.
Ahora cuando Roberto Gálvez Barnes ha puesto final a sus días sobre la tierra, recuerdo, con nitidez extraordinaria, el pausado entusiasmo con el que afirmaba que no había que perder la fe y que algún día, los buenos y los mejores de entre nosotros los hondureños, llegaríamos a gobernar a nuestro país. Y cuando yo le dije que había pasado cuando a él le tocó dirigir el gobierno, me respondió que los buenos y honrados, también necesitan del respaldo popular.
Al concluir su jornada, fácilmente se puede decir que fue un hombre bueno que vino a Honduras a hacer el bien. Suave en sus maneras, reflexivo e inteligente, tuvo las virtudes de la paciencia y la humildad franciscana para no imaginarse, anticipadamente, como un “prócer de la patria” al cual le preocupaban mucho las deyecciones de las palomas. Fue un espléndido ser humano que al vencer las tentaciones de lo material, nos dio un ejemplo de servicio a los demás y una prueba de como la humildad y la entrega a los ideales, fructifican sobre las anchas praderas de Honduras.
Junto a su tumba recién cerrada, deposito fraternalmente estos recuerdos. Y para su familia la admiración de alguien que, sin pertenecer al circulo central de sus afectos, pudo valorar el carácter extraordinario de un ser humano que se llamó Roberto Gálvez Barnes.
La Tribuna
28 de marzo de 1995

