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Roberto Gálvez Barnes

Gloria Leticia de Lazarus

Roberto Gálvez Barnes

por Gloria Leticia de Lazarus


Cuando llamé a Tina Caballero de Soto, a Valle de Ángeles, para contarle la triste noticia, ella dijo: “¡El Ing. Gálvez era todo dignidad!”, muchas virtudes adornaban a Roberto, pero esto era lo dominante: ¡digno!. Pero no voy a hablar de su personalidad, sobre la cual limas mas inspiradas ya lo han hecho, sus entrañables amigos: Oscar, Eliseo, y Juan Ramón. Me referiré a su dimensión humana en otros aspectos.

Doña Cristina no llora al yerno, llora al hijo, los Montes no lloran al cuñado, lloran al hermano. Hablaré sobre lo que mejor conozco: el amigo. Como él no se separaba de su Lucía Cristina, también en grupos de mujeres, podíamos contar con su presencia, a él no le importaba estar rodeado de “chachalacas”, si después de todo salía ganancioso porque era nuestro consentido.


Conjugaba Roberto su inteligencia, su gran cultura y su curiosidad de mantenerse informado en diferentes materias. Valía la pena conversar con él, dominaba todos los temas, cuando él me notaba muy atenta me hacía la broma: “Ya no te lo sigo contando, pues lo vas a publicar en el periódico”, “no te preocupes, ya lo he hecho muchas veces y nunca he mencionado a mi ‘fuente calificada’”. Allá en Houston, hablamos muchas veces por teléfono, él me explicaba el fenómeno del gane republicano del 8 de noviembre, me dio detalles que no salían en la prensa. Ya de regreso a Honduras no quise visitarlo en el hospital, consideré que el mejor tributo de amistad que yo podía ofrecer era no robarle a Lucía Cristina, él sabia que se iba y tenía mucha necesidad de su cercanía, no era justo privarlo de algo tan sagrado e íntimo.


Bien dicho Juan Ramón “humildad franciscana” pero no “paciencia franciscana”, Roberto no conocía la quietud cuando se trataba de una causa justa. Su gesta patriótica durante el conflicto bélico con El Salvador, como embajador en Washington, hizo posible que nos respetaran.


Tampoco dejaba que lo atropellaran: “Los Amigos de la Alianza para el Progreso” sesionaban los sábados en una de las oficinas del AID (altos de “Quichon León”); un día vino un gran gringo patán a reclamarle al compatriota que les facilitó el local, alegando que era gente extraña a los intereses de la embajada; todo se escuchaba porque las oficinas eran cubículos, Roberto siguió dirigiendo la sesión con toda calma, alternar la reunión se despidió, buscó al patán, y le dijo “hasta de lo que iba a morir”, el gringo ni chistó, los compañeros lo esperaban en las gradas, siguió su camino muy sereno, nadie dijo nada, pero todos pensaban “del agua mansa, ¡líbrame Dios!”.


Lástima que una persona tan sensata y preparada como Roberto nosotros no la supimos aprovechar. Allí está como mudo testigo la pista rajada del aeropuerto “Villeda Morales”, él como experto se opuso con diferentes argumentos que era una zona inundaba, no fue escuchado, su lucha sucumbió ante las estúpidas conveniencias políticas; el gobierno de turno decidió: “Ya la pista está ofrecida y ¡allí se hará!” (¡Así habló Zaratustra!), ¡Qué desgracia la de Honduras! Lástima, Roberto no era un improvisado, se había graduado en el famosísimo MIT (Massachussets Institute of Technology).


Lucía Cristina se crió en un mundo de música, pues don Darío tenía una de las discotecas más completas de Honduras. Roberto con su mente científica, junto con apreciar la música, era muy entendido de los instrumentos que la ejecutaban. Valía la pena oír sus comentarios.


Tenía mucho sentido del humor y sus pasadas son muchas. Yo celebraba mi cumpleaños sólo con mujeres: “the hen’s party” (la fiesta de las gallinas); los maridos no protestaban, pero Roberto me decía “No te voy a invitar a mi piñata porque tu no me invitaste a la tuya.” Empecé a invitar “gallos”. ¡Gracias amigo! Por haber convertido mis cumpleaños en algo interesante.

Ya Roberto descansa, pero los que quedamos atrás no descansaremos en nuestra añoranza de haberlo tenido más tiempo. Mientras nosotros lloramos, en el lado opuesto hay júbilo y le han dicho: “¡Bienvenido!” En el fondo una voz solemne y cariñosa se oirá: “Muy bien, servidor bueno y honrado. Ven a compartir la alegría de tu Señor”.


Hasta pronto extraordinario amigo.


3 de abril de 1995

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Agradecimientos

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