
Un Escudo de Honradez
Eliseo Pérez Cadalso
Un Escudo de Honradez
por Eliseo Pérez Cadalso
Los medios informativos de prensa, radio y televisión dieron ayer la noticia de que un ilustre hondureño, el Ingeniero Roberto Galvez Barnes, dejó este mundo terreno para reintegrarse al seno del orden universal e iniciar una nueva vida al amparo de músicas celestiales.
La noticia de su muerte no nos toma por sorpresa, toda vez que había signos positivos de que ya el Supremo Rector del Universo le había hecho su llamado, quizá con la secreta intención de asignarle algún trabajo de asesoría frente al cúmulo de retos y problemas, a cuales más complicados y dramáticos, que confronta el mundo de hoy.
De ese modo nuestra Patria pierde a un hijo predilecto, pero en cambio la Suprema Rectoría, que opera en las alturas del empíreo, gana a un experto con su experiencia y sus luces, a resolver si no todos, algunos de los más apremiantes y complejos desafíos ecuménicos tales como la miseria, la violencia, la injusticia, el hambre y el desempleo.
En efecto, son millones de pobres, de hambrientos, de enfermos y analfabetos los que a diario se lamentan ante Dios de su destino, al grado que el Padre Eterno ya se encuentra confuso y aturdido ante tanto dolor, tanta sangre y tantas lágrimas.
Y, sabiendo como se sabe, que la vida de Roberto Gálvez fue siempre un apostolado de servicio hasta las masas olvidadas, le ha dicho: “Ven a ayudarme a combatir desde aquí a los jinetes apocalípticos que abaten al hombre de hoy, amenazándole con el total aniquilamiento de la sociedad humana.”
Oportuno es explicar que Gálvez Barnes fue desde jóven un brillante abanderado de los grandes ideales de la justicia, libertad y democracia.
De mucho, fue estudiante número uni , y son muchas las medallas, los pergaminos y las condecoraciones que confirman este aserto.
Su talento innovador y las circunstancias propias en que le tocó vivir, junto con su condición de patriota sin reservas, fueron factores determinantes de su actuación ciudadana, que fue múltiple y fecunda, por lo mismo ejemplarizante.
Tras haberse ganado su carrera de Ingeniero con laureles académicos, tanto en la Patria como fuera de ella, entró a servir como Director General de Aeronáutica Civil allá en la década de los cincuenta, habiendo propiciado, entre otras cosas, la emisión de la Ley de Aeronáutica Civil, la primera en su género que tuvo vigencia como instrumento regulador del tráfico aéreo sobre el suelo nacional.
En 1956, muy joven a la sazón y, en union de los compatriotas General Roque J. Rodríguez y Coronel Héctor Caraccioli, integró la Junta Cívico-Militar que gobernó a nuestro país durante el lapso de un año y, en el desempeño de esas honrosas funciones el dinámico triunviro demostró sus condiciones de estadista justiciero, conciliador y progresista.
Al respecto, es oportuno reconocer que aquella memorable Junta de Gobierno, en el corto período de un año, realizó mejores obras que las de otros gobiernos ulteriores.
En efecto, a quel triunvirato histórico se le deben conquistas importantes, tales como la Autonomía Universitaria, la creación de la Contraloría y la Procuraduría General de la República; la creación de Gracias a Dios, para administrar mejor las diversas zonas del territorio nacional, y otras de igual o parecida categoría.
Pero el paso o decisión que más mérito les dio a los triunviros de aquel gobierno de facto fue el hecho de haber cumplido a cabalidad su promesa de convocar a la ciudadanía para elecciones de autoridades supremas al cabo de su año exacto de gestión, tal como lo habían ofrecido en su mensaje de estilo, al asumir los poderes del Estado, el 21 de octubre de 1956.
O sea que aquellos hombres, en tal oportunidad y al terminar su mandato, salieron con la frente alta y la conciencia tranquila, en medio de los aplausos, tanto a nivel nacional como a escala internacional.
En todos esos avances institucionales era fácil comprender la influencia del pensamiento renovador del más joven componente de la Junta de Gobierno.
Fue por esa misma época cuando el epónimo ciudadano que hoy se nos va para siempre, contrajo nupcias con la culta y guapa dama doña Lucía Cristina Montes, a su vez hija de un hogar muy honorable. De ese feliz matrimonio les nacieron cinco hijos, que son orgullo de la familia.
Oportuno es recordar que Roberto Gálvez Barnes nació en el seno del hogar formado por el benemérito Juan Manuel Gálvez, ex presidente de la República, y doña Laura Barnes de Gálvez.
El finiquito de la posteridad le ha conferido a la Administración Gálvez el primer puesto entre los varios gobiernos de Honduras en este siglo, siendo sólo comparable a la del Gobierno Soto-Rosa, cuya gestión se desarrolló a finales del siglo XIX.
Volviendo a Roberto Gálvez, justo es también recordar que, amén de esos altos cargos ya mencionados anteriormente, fue Embajador de nuestro país ante la Casa Blanca, lo mismo que ante la OEA y el Gobierno de Canadá, habiendo desempeñado más tarde la Presidencia del Banco Central de Honduras; y en todos esos destinos dejó a impronta de su honradez, de su eficiencia y su patriotismo.
El nombre de los dos Gálvez —don Juan Manuel y Roberto— está llamado a perdurar en el recuerdo y la gratitud de las generaciones, no sólo por los servicios relevantes que le prestaron a Honduras sino también y especialmente, por el conjunto de virtudes personales —privadas y ciudadanas— que ellos llevaban consigo como escudos de familia.
Sobre este particular es oportuno traer a cuentas el hecho de que, durante el lapso de gestión administrativa del Presidente Juan Manuel Gálvez (1949-1954) no sólo hubo renacimiento de conquistas materiales, cívicas y culturales que transformaron la imagen de la República, sino que también se impuso un modelo de conducta para empleados y funcionarios, equivalente a lo que hoy podría llamarse una revolución moral, pero aclarando que aquella sí era una revolución a base de hechos concretos y no de palabras huecas, y de promesas estériles, toda vez que fueron varios los malhechores públicos que pagaron en la cárcel el precio de sus delitos que dicho sea de paso, en ocasiones, fueron menores que las que ahora se imputan a los corruptos de moda.
Pero existe otro mérito especial en la persona de Roberto Gálvez Barnes, y es su condición de esposo amantísimo y de padre abnegado, que le admirábamos todos, yq ue viene a colación con el hecho de que hemos estado celebrando el día consagrado a los varones que han cumplido sus deberes en la arena de la paternidad responsable. ¡El Dia del Padre!
Y, volviendo a los dos Gálvez, ambos serán recordados, igualmente por su natural modestia, pues jamás se envanecieron en las altas posiciones que les tocó rectoral; por su talento administrativo, y en especial, por la transparencia y la honestidad en el manejo de la cosa pública. Ese recuerdo se aviva ahora, tanto más cuanto que la rapiña burocrática es un virus general que ya ha logrado invadir el cuerpo entero de la Nación.
Y, para finalizar, teniendo en cuenta que la honradez, la justicia y la responsabilidad son virtudes ciudadanas en peligro de extinción, el mejor homenaje para hombres de esa talla es poner sobre sus temas un epitafio que rece: Aquí yace un hombre honrado, para ejemplo de las nuevas promociones de hondureños.
Bienaventurados, pues, aquellos Jefes de Estado que, como el General Cabañas, Miguel Paz Barahona, Vicente Mejía Colindres, los dos Gálvez ya citados y alguno más de esa estirpe, nadaron sobre el pantano, como cisnes mitológicos, ¡sin enlodar su plumaje!
Tegucigalpa, M.D.C. marzo 19 de 1995

